Santidad de J.C.Ryle, Capitulo 4: La Batalla

Por J.C.Ryle

batalla“Pelea la buena batalla de la fe” (1 Tim. 6:12)

Es un hecho curioso que no haya otro tema que cause tan vivo interés para la mayoría de las personas como el de las luchas.  Hombre y mujeres jóvenes, hombres ancianos y niños pequeños, altos y bajos, ricos y pobres, letrados e iletrados, todos sienten un gran interés por guerras, batallas y peleas.

Un hecho simple e inescrutable se presenta a sí mismo ante nosotros, nos excitamos cuando oímos historias de guerra.  Algunos considerarían a un hombre inglés como  muy aburrido si no se ocupara de las historias de Waterloo, Inkerman, Balaclava o Lucknow.  Muchos consideran que el corazón es frío y estúpido si no se mueve, no se encanta por los estragos causados en Sedan, Straburgo, Metz y París durante la guerra entre Francia y Alemania.  No obstante existe otra batalla de muchísima mayor importancia que cualquier guerra que haya alguna vez  tenido el hombre.   Es la batalla que tiene relación no con sólo dos o tres naciones sino con cada hombre y mujer cristiano nacido en este mundo.  La batalla de la que hablo es una batalla espiritual.  Es la pelea que cada uno que ha sido salvado debe pelear por su alma.

Esta batalla, soy consciente,  es una de la cual muchos no saben nada.  Hábleles acerca de ella y estarán prestos a calificarlo como demente, fanático o tonto. Y, sin embargo, es tan real y verdadera como cualquier batalla que el mundo haya visto.  Esta tiene sus conflictos y sus heridas, tiene vigilias y fatigas, tiene asedios y asaltos, tiene sus victorias y sus derrotas.   Más que todo, tiene consecuencias que son terribles, tremendas y muy peculiares.   En una batalla mundana las consecuencias para las naciones son temporales y remediables.  En la batalla espiritual es muy diferente.  De esa batalla, cuando  la pelea termina, las consecuencias son eternas e inmutables.

Es la batalla sobre la cual Pablo habló a Timoteo, cuando él escribió esas ardientes palabras “Pelea la buena batalla de la fe,  echa mano de la vida eterna”.  Es la batalla de la que me propongo hablar en este mensaje.   Este tema está íntimamente conectado con la santificación y la santidad.   Aquel que entienda la naturaleza de la verdadera santidad debe saber que el cristiano es “un hombre de guerra”.  Si somos santos, debemos pelear.

1. El verdadero cristianismo es una batalla

¡Cristianos verdaderos!  Atendamos a esa palabra “verdadero/a”.  En el mundo actual existe una vasta cantidad de religiones que no constituyen verdadero, genuino cristianismo.  Ellas se cuelan, satisfacen conciencias soñolientas, pero no son buena ganancia.  En un comienzo no es la auténtica realidad que se llama a sí misma cristianismo.  Hay miles de hombres y mujeres que van a las iglesias cada domingo y se llaman a sí mismos cristianos: hacen “profesión” de fe en Cristo, sus nombres están en los registros bautismales, son contados como cristianos mientras viven, hicieron sus votos matrimoniales en un servicio cristiano,  ¡al morir recibirán un funeral cristiano y sin embargo nunca tuvieron ninguna “pelea” por su religión!  Ellos no saben nada en absoluto de luchas espirituales, esfuerzo, conflictos, abnegación, vigilias y enfrentamientos.  Ese tipo de cristianismo puede satisfacer a un hombre y aquellos que digan algo en su contra pueden ser calificados de fríos y poco caritativos, pero ciertamente no es el tipo de cristianismo del cual Biblia habla.  ¡No es la religión que el Señor Jesús fundó y de la cual sus apóstoles predicaron!  No es la religión que produce santidad real.  El verdadero cristianismo es “una pelea”.

Un verdadero cristiano es llamado a ser un soldado y debe comportarse como tal desde el día de su conversión hasta el día de su muerte.  No es llamado a vivir una vida religiosa fácil, indolente y segura.  Él no puede imaginar nunca, ni por un momento, que puede dormir y abandonarse en el camino al cielo como quien viaja en un carro cómodo.  Si toma sus estándares de cristianismo de  los hijos del mundo  podrá estar contento con esas nociones pero nunca encontrará un reflejo de ellos en la Palabra de Dios.  Si la Biblia es la regla de su fe y práctica, él encontrará su camino muy claro en esta materia.   El debe “pelear”.

¿Contra quién debe pelear un soldado cristiano?   No con otros cristianos.  ¡Desdichada es en verdad  la idea de religión de ese hombre que fantasea  pensando que esto consiste en una controversia perpetua!  Aquel que nunca está satisfecho a menos que se vea envuelto en algunos conflictos entre iglesia e iglesia, secta y secta, grupos y grupos, parte y parte, no sabe nada aún de lo que debería saber.  Sin lugar a dudas que algunas veces existirán necesidades absolutas de apelar a la ley para lograr la correcta interpretación de algunos artículos de la iglesia, así como firmas y formularios, pero, como una regla general, la causa del pecado no tiene mayor ayuda como cuando los cristianos pierden su fortaleza en discusiones unos con otros y pasan su tiempo en pequeñas riñas.

¡No, en verdad!   La batalla principal de un cristiano es con el mundo,  con la carne y el mal.   Estos son sus eternos enemigos.   Estos son los tres principales enemigos  contra los cuales debe hacer la guerra.   A menos que logre la victoria sobre los tres, todas las otras victorias son inútiles y vanas.  Si tuviera la naturaleza de un ángel y no fuera una criatura caída, esta batalla no sería tan esencial, pero con un corazón corrupto, un demonio ocupado y un mundo que lo atrapa, debe  “pelear” o estará perdido.

Debemos pelear con la carne.  Aún después de la conversión un hombre porta consigo mismo una naturaleza inclinada a la maldad, y un corazón débil e inestable como el agua.  Ese corazón nunca estará libre de la imperfección en este mundo y es un  engaño miserable  esperar por  lo contrario.  Para mantener el corazón recto, el Señor Jesús nos pide:  “Estar alertas  y orar”.   El espíritu puede estar dispuesto pero la carne es débil.  Es  una necesidad diaria resistir y luchar.  “Controlo mi cuerpo”, grita Pablo, “y lo pongo bajo sujeción”. “Veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros”.  “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? “Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”.  “Mortifiquen… sus miembros terrenales”.  (Mar 14:38, 1 Cor. 9:27, Rom. 7:23, Gal. 5:24, Col. 3:5).

Debemos pelear con el mundo.  La sutil influencia  del poderoso enemigo debe ser resistida diariamente, y sin una batalla diaria nunca podrá ser vencida.  El amor por las cosas mundanas, el miedo de que el mundo se ría o nos culpe, el deseo secreto de mantenerse en el mundo, el secreto deseo de hacer como los otros del mundo hacen y no estar en los extremos, todas estas son batallas que acosan continuamente al cristiano en su camino al cielo y deben ser conquistadas.  “La amistad con el mundo es enemiga de Dios.  Cualquiera, por lo tanto, que es amigo del mundo es enemigo de Dios”.  “Si cualquier hombre ama el mundo, el amor de el Padre no está en él”.  “El mundo es crucificado en mí, y yo en el mundo”.  “Cualquiera que es nacido de Dios vence al mundo”. “No os ajustéis al mundo” (1 Jn. 2:15, Gal. 6:14, 1 Jn 5:4, Rom. 12:2).

Debe pelear contra el demonio.   El viejo enemigo de la humanidad no está muerto.  Desde la caída de Adán y Eva,  “él ha rondado la tierra, por sobre y bajo ella” y se esfuerza para alcanzar un único y gran fin – la ruina del alma del hombre.  Nunca descansa, nunca duerme, está siempre merodeando como un león buscando a quien devorar. Un enemigo que no se ve, está siempre cerca de nosotros, en nuestra senda y en nuestra cama, espiándonos en todos nuestros caminos.  Desde el comienzo ha sido un asesino y un mentiroso, que trabaja día y noche para arrojarnos al infierno.   Algunas veces a través de la superstición, otras a través de una sugerente infidelidad, algunas veces usando un tipo de táctica y en otras, otras,  está siempre liderando una campaña contra nuestras almas. “Satán ha deseado tenerte, él puede zarandearte como trigo”.  Este poderoso adversario debe ser resistido diariamente si usted desea ser salvo.  Aunque  “esta clase no sale” salvo  vigilando y orando y peleando y vistiendo  la completa armadura de Dios.  Nunca sacaremos al hombre fuerte armado de  nuestros corazones sin una batalla diaria (Job 1:7, 1 Ped. 5:8, Jn 8:44, Luc 22:31, Efe 6:11).

Algunos pueden pensar que estas declaraciones son demasiado fuertes.  Usted imagina que voy demasiado lejos y pinto los colores demasiado espesos.   Secretamente, usted se está diciendo a sí mismo que los hombres y las mujeres pueden ir por seguro al cielo sin todo este problema y batalla y pelea.   Escúcheme por nuestros minutos, y le mostraré que tengo algo que decir en representación  de Dios.  Recuerda la máxima del general más sabio que alguna vez vivió en Inglaterra: “En tiempo de guerra el peor error es subestimar a su enemigo y tratar de hacer una pequeña batalla”.  Esta batalla cristiana no es  materia liviana.  ¿Qué dicen las Escrituras?  “Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna”.  “Sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo”; “Vístete de la armadura de Dios y serás capaz de luchar en contra de las artimañas del demonio”. Porque no luchamos contra carne ni sangre, sino contra principados, contra poderes,  contra gobernantes de las tinieblas de este mundo, en contra de la perversidad espiritual de alto rango. Ponte la completa armadura de Dios de manera que seas capaz de resistir en el día malo y habiendo hecho todo para resistir”.  “Lucha para entrar por la puerta estrecha”.  “Trabaja … por la comida que perdura hasta la vida eterna”.  “No piensen que Yo he venido para traer paz al mundo. No vine para traer paz al mundo sino espada”.  “Aquel que no tiene una espada, que venda tus prendas y compre una”.  Vigila, mantente alerta en la fe, condúcete varonilmente, sé fuerte”.  “Pelea la buena batalla, mantén la fe y una buena conciencia” (1 Tim 6:12, 2 Tim 2:3, Efe 6:11-13; Luc 13:24, Jn 6:27, Mat 10:34, Luc 22:36, 1 Cor. 16:13, 1 Tim 1:18,19) Palabras como estas me parecen claras, directas e inconfundibles.  Ellas enseñan la única y gran lección, si estamos deseosos de recibirla.  Esa lección es que el verdadero cristianismo es una contienda, una pelea y una batalla.  Aquel que pretenda condenar “la pelea” y enseñe que debemos sentarnos tranquilos y “abandonarnos a Dios”, a mi me parece  que está malentendiendo su Biblia y comete una gran error.

¿Qué dice el servicio bautismal de la Iglesia de Inglaterra?  Sin duda que el servicio no es inspirado y, como una composición no inspirada tiene sus defectos, sin embargo para los millones de personas en la tierra que profesan y se llaman a sí mismos hombres eclesiásticos ingleses, su contenido debe tener algún peso.  ¿Y qué dice éste?   Nos dice que para cada miembro nuevo que se admite en la Iglesia de Inglaterra se usan las siguientes palabras: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.  “Señalo a este niño con el signo de la cruz, en señal de que de aquí en adelante él no se avergonzará de confesar la fe de Cristo crucificado, y que valientemente peleará bajo Su estandarte contra el pecado, el mundo y el mal, y continuará como soldado y sirviente fiel de Cristo hasta el fin de su vida”.  Por supuesto todos sabemos que en millares de casos el bautismo es un mero formulismo y que los padres traen a sus hijos a la fuente bautismal sin fe u oración o pensamiento y, consecuentemente, no reciben bendición alguna.   El hombre que supone que el bautismo en tales casos actúa mecánicamente, como una medicina, y que  padres devotos e impíos, que oran y que no oran, todos juntos reciben el mismo beneficio para sus hijos, debe estar en un extraño estado mental.  No obstante  una cosa, a cualquier precio, es muy cierta.   Cada hombre bautizado, por su profesión de fe, es un “soldado de Cristo Jesús”, al que se le solicita “pelear bajo Su estandarte contra el pecado, el mundo y el mal”.  Aquel que tiene dudas, es mejor que tome su Biblia[1] lea, marque y aprenda su contenido.  La peor cosa de los hombres religiosos celosos es la total ignorancia de lo que su propia Biblia[2] dice.

Ya sea que seamos o no hombres de iglesia, una cosa es certera:  Esta batalla cristiana es una gran realidad y un tema de mucha importancia.   No es una materia como el gobierno de la iglesia y el ceremonial, acerca de los cuales los hombres pueden diferir y aún así alcanzar al último el cielo.   La necesidad se nos impone.  Debemos luchar.  No hay promesas en los cartas de nuestro Señor Jesucristo a las 7 iglesias, excepto para quienes “venzan”.  Donde hay gracia habrá conflicto.  El creyente es un soldado.  No hay santidad sin batalla.  Las almas salvadas siempre tendrán luchas.

Es una lucha de absoluta necesidad.  No pensemos que en esta guerra podemos permanecer neutrales y sentarnos tranquilamente.  Tal línea de acción puede ser posible en una lucha de naciones pero es finalmente imposible en un conflicto que está relacionado con el alma.  La presumida política  de no intervención, la “inactividad magistral” que place a muchos  estadistas, el plan de mantener la calma y dejar las cosas solas seguir su curso… ninguna de ellas tiene lugar en la guerra cristiana. Bajo ninguna circunstancia nadie puede escapar amparado en el lema de “hombre de paz”.   Estar en paz con el mundo, la carne y el mal es estar en enemistad con Dios en el camino ancho que lleva a la destrucción.  No tenemos alternativa ni opción.  Debemos pelear o estaremos perdidos.

Es una lucha de necesidad universal.  Ningún rango o clase o edad puede reclamar excepción o escapar a esta batalla.  Ministros y pueblo, predicadores y oidores, viejos y jóvenes, altos y bajos, ricos y pobres, manso y simple, reyes y súbditos, terratenientes e inquilinos, instruidos e iletrados… todos deben llevar armas e ir a la guerra.  Todos tienen por naturaleza un corazón lleno de orgullo, incredulidad, pereza, mundanería y pecado.  Todos viven  en un mundo acosado por cepos, trampas y escollos para el alma.  Todos tienen cerca de ellos un demonio ocupado, que no descansa y que es malicioso.  Todos, desde la reina en su palacio hasta el indigente en el asilo, todos deben pelear si quieren ser salvados.

Es una lucha de necesidad perpetua.  No admite tiempo para respirar, ni armisticio, ni tregua.  En los días de la semana así como en domingos, en lo privado y en lo público, en casa con la familia como estando lejos,  en pequeñas cosas -como el manejo de la lengua y el temperamento-  como en las grandes -como el gobierno de reinos-,  la batalla cristiana debe continuar incesantemente.   El enemigo con que lidiamos no vacaciona, nunca descansa, nunca duerme, así que en la medida que respiremos debemos mantener nuestra armadura y recordar que estamos en terreno del enemigo.  “Aún en el borde del Jordán”, dijo alguien ya muerto, “está Satanás mordisqueando mis talones”.  Debemos pelear hasta que muramos.

Consideremos todas estas propuestas.  Cuidemos que nuestra propia religión personal sea real, genuina y verdadera.  El síntoma más triste de todos aquellos que se hacen llamar cristianos es la absoluta ausencia de conflictos y peleas en su vida de creyentes.  Ellos comen, beben, se visten, trabajan, se divierten, ganan dinero, gastan dinero, asisten a servicios religiosos una o dos veces por semana, pero de la gran batalla espiritual –sus vigilias y luchas, sus agonías y ansiedades, sus batallas y combates- de todo eso ellos parecen no saber nada en absoluto.  Cuidemos que este no sea nuestro caso.  El peor estado del alma es cuando el fuerte hombre armado guarda la casa, y sus bienes están en paz, cuando mantiene a hombres y mujeres cautivos a su voluntad, y éstos no oponen resistencia.  Las peores cadenas de un prisionero son aquellas que no siente ni ve (Luc. 11:21, 2 Tim 2:26).

Podemos traer consuelo a nuestras almas si sabemos todo acerca de la batalla interior y sus conflictos.  Es la compañía constante  de la santidad de un cristiano genuino.  No lo es todo, estoy bien apercibido de ello, pero es algo.  ¿Tenemos en nuestro corazón una lucha espiritual?  ¿Sentimos algo de la carne peleando contra el espíritu y del espíritu contra la carne, de forma que no podemos hacer las cosas que deseamos? (Gal. 5:17).  ¿Somos conscientes de los dos principios que están en nosotros contendiendo por la supremacía? ¿Sentimos algo de lucha en nuestro hombre interior?  ¡Bien, agradezcamos a Dios por eso!  Es una buena señal.  Es la evidencia altamente probable del gran trabajo de la santificación en nosotros. Todos los verdaderos santos son soldados.  Cualquier cosa es mejor que la apatía, estancación, decadencia moral e indiferencia.  Estamos en mejor pie que muchos.  La mayor parte de los tan llamados cristianos no tienen sentimientos en absoluto.  Evidentemente no somos amigos de Satanás.   Como los reyes de este mundo, él no batalla en contra de sus propios adeptos. El solo hecho de que él nos asalte debería llenar nuestras mentes con esperanza.  Lo digo nuevamente, confortémonos.  Un hijo de Dios tiene dos grandes marcas en él, y de esas dos nosotros tenemos una.   El puede ser reconocido por su batalla interior así como por su paz interior.

2. El verdadero cristianismo es una batalla de fe

A diferencia de las batallas del mundo, el verdadero cristianismo pelea en un reino que no depende  de su fortaleza física, del brazo fuerte, del ojo alerta o del pie ligero.  Las armas convencionales no entran en este juego.  Más bien, sus armas son espirituales y la fe es el eje sobre el cual gira esta batalla.

La fe en la verdad de la Palabra escrita de Dios es el fundamento esencial para el carácter de un soldado cristiano.  El es lo que es, hace lo que hace, piensa como piensa, actúa como actúa, espera como espera, se comporta como se comporta, por una simple razón -  cree en ciertas propuestas reveladas y establecidas en las Sagradas Escrituras.  “Aquel que viene a Dios debe creer que El es, y que El es un Galardonador para aquellos que diligentemente lo buscan” (Heb. 11:6).

Una religión sin doctrina ni dogma, en nuestros días, es el tema del  cual muchos hablan gustosamente.   Suena muy bien al principio.  Se ve muy lindo a la distancia, sin embargo en el momento en que nos sentamos a analizarla y considerarla, encontramos que es simplemente imposible.  Sería como hablar de un cuerpo sin huesos ni nervios.  Ningún hombre podrá ser o hacer alguna cosa en religión a menos que crea en algo.  Aún aquellos que proclaman la visión miserable e incómoda en deidades están obligados a confesar que creen en algo.  Con todos su ácidos desdeños en contra la teología dogmática y la credulidad cristiana, como la llaman, ellos mismos poseen un tipo de fe.

En lo que concierne a los verdaderos cristianos, la fe es la espina dorsal de su existencia espiritual.  Nunca nadie pelea una batalla sincera en contra del mundo, la carne y el mal a menos que tenga grabados en su corazón ciertos grandes principios en los cuales cree.  Lo que esos principios son en realidad puede escapar a su conocimiento y estos pueden no estar  definidos ni escritos pero ellos son, consciente o inconscientemente, las raíces de su religión.  Donde quiera que vea un hombre, ya sea rico o pobre, letrado o iletrado, peleando valientemente contra el pecado para tratar de sobrepasarlo, usted puede estar seguro de que existen ciertos grandes principios en los cuales ese hombre cree.  El poeta que escribió las famosas líneas:   “para estilos de fe dejen al fanático sin gracia pelear,  Aquel que su vida está en lo correcto, no puede equivocado estar”, era un hombre inteligente pero pobre en inspiración.   No existe tal forma de vivir correctamente sin fe ni creencia.

Una fe especial en la persona de nuestro Señor Jesucristo, trabajo y oficio es la vida, corazón y motivo principal del carácter de un soldado cristiano.

El ve por fe un Salvador que no ha visto, que lo ama, que se dio a Sí mismo por él, pagó sus deudas, llevó sus pecados, cargó sus transgresiones, lo resucitó, y está en el cielo como su Abogado a la mano derecha de Dios.  Ve a Jesús y se aferra a Él.  Al ver a este Salvador y confiar en Él,  siente paz y esperanza y está deseoso de dar la batalla contra los enemigos  de su alma.

El ve la multitud de sus pecados, su débil corazón, el mundo de tentación, al ocupado demonio, y si él  mirara sólo a ellos  bien podría desesperarse.  Sin embargo también ve a su Salvador poderoso, un Salvador intercesor, un Salvador comprensivo –Su sangre, Su justicia, Su sacerdocio eterno- y cree que todo eso es suyo.  El ve a Jesús y vacía todas sus cargas en Él.  Viéndolo, continúa alegremente su batalla, con plena confianza que probará ser más que un conquistador a través de Aquel que lo amó (Rom. 8:37)

El secreto de un soldado cristiano que pelea exitosamente es la vívida acostumbrada presencia de la fe en Cristo y su disposición a ayudarlo.

Nunca se nos debe olvidar que la fe admite grados.  No todos los hombres creen de igual forma y aún una misma persona tiene sus flujos y reflujos (como la marea) que cree más efusivamente  unas veces que otras.  De acuerdo a los grados de su fe, un cristiano pelea bien o mal, obtiene victorias o sufre repulsas ocasionales, sale triunfante o abatido de una batalla.  Aquel soldado que tiene más fe siempre será más feliz y estará más cómodo.  Nada hace que la ansiedad de una batalla se sienta tan livianamente en un hombre como la seguridad del amor de Cristo y su continua protección.  Nada  más que la confianza interna que Cristo está a su lado y que su triunfo es seguro, es lo que posibilita al cristiano a soportar la fatiga de la vigilia, resistencia y luchas contra el pecado.  Es el “escudo de la fe”  que sofoca todos los dardos fieros del maligno.  Es el hombre que puede decir “Yo sé en Quién he creído”;  es aquel que puede decir en tiempos de dolor “No me avergüenzo”, es aquel que escribió esas encendidas palabras:  “No desmayamos”, “Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria”; era el hombre que con la misma pluma escribió: “No miremos las cosas que pueden ser vistas, sino aquellas que no pueden ser vistas; porque las cosas que se pueden ver son temporales pero las cosas que no se pueden ver son eternas”.  Es el hombre que dijo: “Vivo por la fe en el Hijo de Dios”; aquel que dijo, en la misma epístola: “El mundo es crucificado en mí y yo en el mundo”.  Es el hombre que dijo “Para mi vivir es Cristo”;  el que dijo, en la misma epístola:  “He aprendido, en cualquier estado en que esté,  a estar contento”;  “Todo lo puedo en Cristo”;  “¡A mayor fe, mayor victoria! ¡A mayor fe, mayor paz interior! (Efe. 6:16, 2 Tim. 1:12, 2 Cor. 4:16,17, Gal. 2:20, 6:14, Fil. 1:21, 4:11, 13).

Pienso que es imposible sobreestimar el valor e importancia de la fe.  Bien puede el apóstol Pedro llamarla  “preciosa” (2 Ped. 1:1).   Me faltaría tiempo si intentara contar las cientos de victorias que por fe los soldados cristianos han obtenido.

Tomemos nuestras Biblias y leamos con atención el capítulo once de la Epístola a los Hebreos.   Marquemos la larga lista de los hombres dignos cuyos nombres son grabados desde Abel hasta Moisés, aún antes del nacimiento de Cristo y que trajo a plena luz la vida e inmortalidad a través de los evangelios.  Tomemos debida nota de las batallas que ellos ganaron en contra del mundo, la carne y el mal.  Recordemos que el creer lo hizo todo.  Ellos buscaron al Mesías prometido.  Ellos vieron a Aquel que es invisible. “Por fe los ancianos alcanzaron buen testimonio”. (Heb. 11:2-27).

Hojeemos las páginas de la historia de la primera iglesia.  Vemos cómo los cristianos primitivos agarraron firmemente su religión aún hasta la muerte y no fueron sacudidos por  las más fieras persecuciones de los emperadores paganos.  Por siglos no hubo nunca hombres tan deseosos como Policarpo e Ignacio, quienes estaban prestos a morir antes que negar a Cristo.  Multas y prisiones y tortura y fuego y espada eran incapaces de quebrantar el espíritu de la noble armada de mártires.  ¡El poder completo del imperio romano, la amante del mundo, fue incapaz de aplastar la religión que comenzó con unos pocos pescadores y publicanos en Palestina! Y recordemos que creer en un Jesús no visible fue la fortaleza de la iglesia.  Ellos obtuvieron su victoria por fe.

Examínenos la historia de la Reforma Protestante.  Estudiemos la vida de sus destacados campeones, Wychilffe [3]y Huss y Luther y Ridley y Latimer y Hooper.   Remarquemos cómo estos gallardos soldados de Cristo se mantuvieron firmes contra los ataques de sus muchos adversarios y estaban prestos a morir por sus principios.  ¡Qué batalla dieron!  ¡Qué controversias ellos mantuvieron!  ¡Qué controversias soportaron! ¡Qué tenacidad de propósito exhibieron en contra de un mundo en armas! Y luego recordemos que creer en un Jesús que no se ve era el secreto de su fortaleza.  Ellos vencieron por fe.

Consideremos a los hombres que han marcado los más grandes hitos en la historia de la iglesia en los últimos cien años.  Observemos cómo hombres de la talla de Wesley[4] y Whitefield y Venn y Romaine lucharon solos en su época y revivieron la religión inglesa en la cara de  la oposición de hombres de altos rangos, en la cara de la difamación, el ridículo y la persecución de nueve décimas de los cristianos profesantes de nuestra tierra.  Observemos cómo hombres como William Wilberforce y Havelock y Hedley Vicars fueron testigos de Cristo en las dificultosas posiciones y mostraron el estandarte de Cristo aún sobre la mesa revuelta regimental o en el piso de la Casa de los Comunes. Remarquemos cómo estos nobles testigos llegaron hasta el final sin acobardarse, ganaron aún el respeto de  sus peores adversarios. Y recordemos que creer en un Cristo no visto es la fortaleza de sus caracteres.  Ellos por fe vivieron, caminaron, permanecieron y soportaron.

¿Viviría alguien la vida de un soldado cristiano?. Que ore pidiendo fe.  Es el regalo de Dios y un regalo para quienes la piden y que nunca piden en vano.  Usted debe creer ante de pedir.  Si los hombres no hacen nada en religión es porque no creen.  La fe es el primer paso hacia el cielo.

¿Pelearía cualquiera la batalla de un soldado cristiano con éxito y prosperidad? Oremos por ese alguien para que tenga el continuo crecimiento de la fe,  habite en Cristo, se acerque a Cristo, se sostenga firme en Cristo cada día de su vida.  Que su diaria oración sea esa de los discípulos:  “Señor auméntanos la fe” (Luc 17:5).  Vigile celosamente su fe, si usted la posee.  Es la ciudadela del carácter de cualquier cristiano, sobre la cual depende la seguridad de la fortificación completa.  Es el punto que Satanás ama asediar.  Todo estará a su merced si la fe es desperdiciada.  Así, si amamos la vida, debemos permanecer especialmente en guardia.

Guerras3. El verdadero Cristianismo es una buena batalla.

“Buena” es una palabra curiosa para calificar cualquiera batalla.  Cualquier guerra mundana es más o menos dañina.  No hay dudas de que es una necesidad absoluta en muchos casos –para procurar la libertad de naciones, para prevenir que los débiles sean pisoteados por los fuertes-  pero aún así es un mal.  Implica una espantosa cantidad de sangre derramada y sufrimiento.  Conduce a millares a la eternidad para la que no están completamente preparados.  Gatilla  las peores pasiones del hombre.  Causa un enorme desperdicio y destrucción de bienes.  Llena casas apacibles con viudas en duelo y huérfanos.  Esparce a lo lejos y ancho pobreza, cargas fiscales y aflicción nacional.  Desarregla todo el orden de la sociedad.  Interrumpe el trabajo del evangelio y el crecimiento de misiones cristianas.  En breve, la guerra es una inmensa e incalculable maldad, y cada hombre que ora debería clamar noche y día: “Danos paz en nuestros tiempos”. Y aún hay otra batalla que es enfáticamente “buena” y es una batalla en la cual no hay ningún mal.  Esa batalla es la batalla cristiana.  Esa pelea es la pelea del alma.

Ahora, ¿cuáles son las razones por las que la batalla cristiana es una “buena batalla”?  ¿Cuáles son los puntos en los cuales esta batalla es superior a la batalla de este mundo?  Quiero que mis lectores sepan que hay abundante aliciente para nosotros si sólo comenzáramos la batalla.  Las Escrituras no llaman a la batalla cristiana “una buena batalla” sin razón y causa alguna.  Déjenme intentar mostrarles a lo que me refiero.

  1. La batalla de un cristiano es buena porque pelea bajo el mando del mejor de los generales.  El Líder y Comandante de todos los creyentes es nuestro Salvador divino, el Señor Jesucristo- un Salvador de perfecta sabiduría, infinito amor y todopoderoso.  El Capitán de nuestra salvación nunca falla en conducir a Sus soldados a la victoria.  El no hace movimientos infructíferos, nunca yerra en juzgar, nunca comete ningún error.  Su ojo está sobre Sus seguidores, desde el más grande hasta el más pequeño.  El sirviente más humilde de Su ejército no es olvidado.  Los más débiles y enfermos son cuidados, recordados y guardados en salvación. Las almas de aquellos que Él ha comprado y redimido con Su propia sangre es demasiado preciosa para ser malgastada y tirada lejos.   ¡Por seguro que esto es bueno!

b. La batalla de un cristiano es buena porque pelea con la mejor de las ayudas.  Débil, como cada creyente es en sí mismo, el Espíritu Santo mora en él, y su cuerpo es un templo del Espíritu Santo.  Escogidos por Dios Padre, lavados con la sangre del Hijo, renovados por el Espíritu, no va a la batalla por su propia cuenta y nunca está solo.  Dios, el Espíritu Santo diariamente le enseña, lo lidera, lo guía y lo dirige.  Dios el Padre lo guarda por Su poderoso poder.  Dios el Hijo intercede  por él en cada momento, como a Moisés en el monte mientras él está peleando en el valle abajo.  ¡Un cordón triple como este nunca puede ser roto!  Sus provisiones y suministros diarios nunca fallan. Su comisario nunca falla.  Su pan y su agua están asegurados.  Débil como parece ser en sí mismo, como un gusano, es fuerte en el Señor para hacer grandes hazañas.

c. La batalla de un cristiano es buena porque pelea con las mejores promesas de su lado.  A cada creyente le pertenecen excesivamente grandes y preciosas promesas, y todos los “sí” y “amén” en Cristo, promesas seguras que se cumplirán porque fueron hechas por Uno que no puede mentir y quien tiene el poder así como la voluntad de mantener Su palabra.  “El pecado no tendrá dominio sobre ti”.  “El Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo tus pies”. “El que ha comenzado un buen trabajo… lo continuará hasta el día de Jesucristo”.  “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán “.  “Mis ovejas … nunca morirán tampoco ningún hombre las arrancará de Mi mano”.  “Aquel que viene a Mi no lo echo fuera”. “Yo nunca los dejaré ni los abandonaré”.  “Estoy convencido que ni la muerte, ni la vida ni ninguna cosa presente o por venir … será capaz de separarme del amor de Dios en Cristo Jesús”.  (Rom. 6:14; 16:20; Fil. 1:6; Isa. 43:2; Jn. 10:28; 6:37; Heb. 13:5; Rom. 8:38, 39).  ¡Palabras como éstas valen su peso en oro!  ¿Quién que no conoce las promesas de la ayuda que viene, ha aclamado a los defensores de la ciudad sitiada como Lucknow, y las ha elevado por sobre su natural fortaleza?  ¿Alguna vez hemos escuchado que la promesa de “ayuda antes del anochecer” tiene mucho que decir de la poderosa victoria en Waterloo?  Aunque todas esas promesas no son nada comparadas con el rico tesoro de los creyentes, las promesas eternas de Dios.  ¡Por seguro, esto es bueno!

d.  La batalla del cristiano es buena porque pelea con el mejor reparto y resultados.  Sin duda que es una guerra en la cual hay tremendas luchas, conflictos desesperantes, heridas, magulladuras, vigilias, ayunos y fatiga, pero aún así el creyente, sin excepción, es “más que un vencedor por Aquel que lo amó” (Rom. 8:37).  Ningún soldado de Cristo se pierde nunca, se extravía o dejado muerto en el campo de batalla.  No habrá luto nunca, no habrá lágrimas que derramar, ni para un oficial o un soldado del ejército de Cristo.  La lista, en la última tarde que vendrá, se encontrará precisamente de la misma forma que estaba en la mañana.   Los guardias ingleses que marcharon desde Londres  a la campaña de Crimea, eran un magnífico grupo de hombres sin embargo mucho de sus gallardos miembros dejaron sus huesos en tumbas extranjeras y nunca vieron Londres nuevamente.  Muy diferente será la llegada del ejercito cristiano a la “ciudad que tiene sus fundaciones, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Heb. 11:10).  No habrá ninguno que falte.  Las palabras de nuestro Capital probarán su verdad “De aquellos que me diste a Mi, no se ha perdido ninguno” (Jn 18:9).  ¡Por seguro, esto es bueno!

e.  La batalla de un cristiano es buena porque hace bien al alma de aquel que la da.  Todas las otras batallas tienen una mala, denigrante y desmoralizadora tendencia.  Ellas despiertan las peores pasiones de la mente humana.  Endurecen la conciencia y minan las fundaciones de la religión y la moralidad.  La batalla cristiana por sí misma tiende a sacar las mejores cosas que están dentro del hombre.  Promueve humildad y caridad, disminuye el orgullo y la mundanería, induce a los hombres a poner sus afectos en las cosas de arriba.  El viejo, el enfermo,  el moribundo nunca se arrepienten de dar la batalla de Cristo contra el pecado, el mundo y la maldad.  Su único pesar es que no hayan comenzado a servir a Cristo antes.  La experiencia de eminente, Philip Henry, no es la única.  En sus últimos días el dijo a su familia:  “Les digo a todos que la vida pasada en el servicio a Cristo es la vida más feliz que un hombre puede tener en la tierra”.  ¡Por seguro, esto es bueno!

f.   La batalla de un cristiano es Buena porque hace bien al mundo.  Todas las otras guerras tienen un efecto demoledor, devastador  y perjudicial.  La marcha de un ejército a través de la tierra es un  horrendo azote para sus habitantes.  Donde quiera que va empobrece, desperdicia y hace daño.  Invariablemente lo acompaña el daño a las personas, a la propiedad,  a los sentimientos y  a la moral.  Muy diferente son los efectos que producen los soldados cristianos.  Donde quiera que ellos viven, ellos son bendición.  Ellos elevan los estándares de la religión y la moralidad.  Ellos invariablemente controlan el progreso de la embriaguez,  el no guardar el Sábado, el libertinaje y la deshonestidad.  Aun sus enemigos están obligados a respetarlos.  Vaya donde le plazca y usted raramente encontrara que cuarteles y tropas hacen bien a la vecindad.  Por el contrario,  vaya donde le plazca y usted encontrara que la presencia de unos pocos cristianos es una bendición.  ¡Por seguro, esto es bueno!

g.  Finalmente, la batalla de un cristiano es buena porque concluye con una gloriosa recompensa para todos aquellos que la han peleado.   ¿Quién puede decir el salario que Cristo pagará a Su pueblo fiel?   ¿Quién puede estimar las buenas cosas que nuestro divino Capitán tiene para aquellos que Lo confiesan delante de los hombres?  Un país agradecido puede dar a sus combatientes exitosos una medalla, la Cruz de la Victoria, pensiones, nobleza, honores y títulos, pero no puede dar nada que dure y perdure hasta la eternidad, nada que pueda ser llevado más allá de la tumba.  Palacios como Blenheim y Strathfieldsay  pueden disfrutarse por unos pocos años.  Los más bravos generales y soldados deben inclinarse algún día ante el rey de los terrores.  Mejor, mejor aún, es la posición de aquel que pelea bajo el estandarte de Cristo, contra el pecado, el mundo y la maldad.   Puede que obtenga poca gloria de los hombres mientras él vive y vaya a la tumba con poco honor pero  tendrá lo que es mucho mejor, porque es mucho más duradero.  El tendrá “una corona de gloria que no se desvanece” (1 Ped. 5:4).  ¡Por seguro, esto es bueno!

Establezcamos en nuestras mentes que la pelea de Cristo es una buena batalla –realmente buena, verdaderamente buena, enfáticamente buena.   Sólo vemos parte de ella aún.   Vemos la lucha pero no su final; vemos la campaña pero no la recompensa; vemos la cruz pero no la corona.   Vemos a unos pocos  humildes, quebrados espiritualmente, penitentes, gente de oración, soportando privaciones y desprecio del mundo, pero no vemos la mano de Dios sobre ellos, la cara de Dios sonriéndoles, el reino de gloria preparado para ellos.  Estas cosas están aún por ser reveladas.  No juzguemos por las apariencias.  Hay muchas más cosas buenas acerca de la batalla cristiana que aquellas que vemos.

Ahora, déjenme concluir este tema con unas pocas palabras de aplicación práctica.  Nuestro “mucho” se funde algunas veces cuando el mundo parece estar pensando en “poco”, no obstante las batallas y peleas.  El hierro entra en el alma de más de una nación, y el júbilo de muchos en un barrio se va completamente.   Por seguro en tiempos como estos un ministro puede en buena lid  llamar a los hombres a recordar su batalla espiritual.  Déjenme decir algunas palabras de despida acerca de la gran batalla del alma.

  1. Puede ser que usted esté luchando duro para obtener las recompensas de este mundo.  Quizá esté tensionando cada nervio para obtener dinero, una posición, poder o placer.  Si ese es su caso, cuídese.  Usted está sembrando una cosecha de amarga decepción.  A menos que advierta lo que se acerca, su último fin  será yacer en lamentos.

Miles han pisado el camino que usted busca y han despertado demasiado tarde para darse cuenta que su final es de miseria y ruina eterna.  Ellos han peleado duro por la riqueza, el honor, su cargo y promoción, y han vuelto su espalda a Dios y a Cristo y al cielo y al mundo por venir.  ¿Y cuál ha sido su final?   A menudo, muy a menudo, han descubierto que su vida entera a sido un gran error;  han probado la amarga experiencia de los sentires de un hombre moribundo que grita alto en sus últimas horas: “La batalla ha sido dada, la batalla ha sido dada, pero no se ha obtenido victoria”.

Por su propia felicidad resuelvan hoy adherirse al lado de Dios.  Sacúdanse de su descuido e incredulidad del pasado.  Sálganse de los caminos insensatos e irrazonables del mundo.  Tomen la cruz y conviértanse en un buen soldado de Cristo.  “Peleen la buena batalla de la fe” que puede hacerlos tanto felices como sentirse seguros.

Piensen en lo que los hijos de este mundo suelen hacer en nombre de la libertad, sin ningún principio cristiano.  Recuerden cómo los griegos y los romanos los suizos y tiroleses y perdieron todo,  aún la vida misma en lugar de someterse al yugo extranjero.  Permitan que su ejemplo sea emulado en ustedes.  ¡Si los hombres pueden hacer tal cosa por una corona corruptible cuanto más deben hacer ustedes por una que es incorruptible!  Despierten al sentido de miseria de ser un esclavo, levántense por la vida, la felicidad y la libertad y peleen.

No tengan miedo de comenzar y enlistarse bajo el estandarte de Cristo.  El gran Capitán de nuestra salvación no rechaza a ninguno que venga a Él.  Como David  en la cueva de Adulan,  El está listo para todo aquel que lo busca, sin importar cuán insignificante pueda sentirse.  Ninguno que se arrepiente y cree es demasiado malo para enrolarse en cualquier rango del ejército de Cristo.  Todos los que vienen a El por fe son admitidos, vestidos, armados, entrenados y finalmente conducidos a una victoria completa.  No tengan miedo en comenzar en este mismo día.  Aún hay espacio para ustedes.

No tengan miedo de continuar la batalla si ustedes se han enlistado.  Mientras más entregado y sincero de corazón ustedes son como soldados más cómoda encontrará su batalla.  No hay dudas de que enfrentarán frecuentemente problemas, fatiga y dura la pelea, antes de que su guerra sea cumplida.  No obstante no permitan que ninguna de estas cosas los saque de ella.  Mayor es Aquel que está con ustedes que todos aquellos que están en su contra.  Libertad eterna y cautividad eterna son las alternativas que están enfrente de ustedes.  Escojan la libertad y peleen hasta el final.

  1. Puede que ustedes ya sepan algo sobre la batalla cristiana y sean soldados comprobados y probados. Si ese el caso de ustedes, acepten estos consejos y  de este soldado.  Déjenme hablar tanto para ustedes como para mí mismo.   Removamos nuestras mentes, recordando.  Hay algunas cosas que no recordamos bien del todo.

Recordemos de que si queremos pelear exitosamente, debemos ponernos la completa armadura de Dios y nunca desprendernos de ella hasta que muramos.  Ni una sola pieza de la armadura puede faltar.  El cinturón de la verdad, la coraza de la rectitud, el escudo de la fe, la espada del Espíritu, el casco de la esperanza –cada uno y todos son necesarios.  Ni un solo día podemos prescindir de ninguna pieza de esta armadura.  Bien dice un veterano de la armada de Cristo, que murió cientos de años atrás:  “En el cielo apareceremos, no en la armadura, sino en túnicas de gloria”.  Aquí nuestras armas deben ser usadas noche y día.  Debemos hablar, trabajar y dormir con ellas, de otra forma no somos soldados verdaderos de Cristo”.

Recordemos las palabras solemnes de un guerrero inspirado, quien murió hace muchos años:  “ningún hombre que pelea se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado” (2 Tim 2:4).  ¡Quiera que nunca olvidemos este decir!

Recordemos que algunos parecen ser buenos soldados durante un corto periodo y hablan mucho de lo que harían y luego, desafortunadamente,  vuelven sus espaldas en el día de la batalla.

No olvidemos a Balaam y a Judas y a Demas o a la esposa de Lot.  Lo que quiera que seamos,  y cuán débiles, seamos reales, genuinos, verdaderos y sinceros.

Recordemos que el ojo de nuestro amado Salvador está sobre nosotros en la mañana, en la tarde y en la noche.  El nunca permitirá que seamos tentados más allá de lo que seamos capaces de soportar.  El puede ser tocado con el sentimiento de nuestra finitud,  porque el mismo fue tentado.  El sabe lo que son  las batallas y conflictos porque El mismo fue agredido por el príncipe de este mundo.  Teniendo a tal Alto Sacerdote, Jesus el Hijo de Dios, mantengamos firme nuestra profesión (Heb. 4:14).

Recordemos a los miles de soldados anteriores a nosotros que han dado la misma batalla que nosotros peleamos y que salieron más que vencedores a través de Aquel que los amó.  Ellos vencieron por la sangre del Cordero, y nosotros también.   El ejército de Cristo es tan poderoso  ahora como siempre ha sido, y el corazón de Cristo es tan amante ahora como antes. El que salvó a los hombres y las mujeres antes de nosotros es Uno que nunca cambia. El es “capaz de salvar a muchos”, todos quienes “vienen a Dios a través de Él”. Entonces arrojemos nuestras dudas y miedos lejos.  Sigamos a “aquellos que a través de la fe y la paciencia heredan las promesas” y esperan para que nos unamos a ellos (Heb. 7:25, 6:12).

Finalmente, recordemos que el tiempo es corto y la venida del Señor se acerca.  Unas pocas batallas más y la última trompeta sonará, y el Príncipe de Paz vendrá a reinar en una tierra renovada.   Un poco más de lucha y conflictos y luego diremos un adiós eterno a esta batalla y al pecado, a la pena y a la muerte.  Entonces peleemos hasta el final y nunca nos rindamos.  Así dice el Capitán de nuestra salvación: “Aquel que vence heredará todas las cosas, y Yo seré su Dios y el será Mi hijo” (Apo. 21:7).

Déjenme concluir todo con las palabras de John Bunyan en una de las más hermosas partes de su libro el Progreso del Peregrino.  El describe el final de uno de sus mejores y más santos peregrinos;  “Después de esto había murmuraciones de que el Sr. Valiente-por-la verdad había  sido citado, por el mismo conducto que los otros. Y  tenía esta palabra por símbolo de que la citación era verdadera:  “El cántaro estaba quebrado junto a la fuente (Ecl. 12:6).  Cuando él lo entendió, llamó a sus amigos y se los dijo.  Entonces dijo:  Voy a la casa de mi Padre, y aunque con gran dificultad he llegado hasta aquí, aún ahora no me arrepiento de todos los problemas que he tenido para llegar hasta donde estoy.  Mi espada se la doy a aquel que me sucederá en mi peregrinación, y mi coraje y habilidades a quien pueda obtenerlas.  Mis marcas y cicatrices las llevo conmigo, como testimonio de que he peleado Su batallas, a quien ahora será mi Galardonador”.   Cuando el día que en debía ir a casa había llegado, muchos lo acompañaron hasta la rivera del río, en el cual, a medida que se iba hundiendo,  decía  “Oh muerte, ¿dónde está tu aguijón? Y a medida que se hundía más profundamente, gritaba “Oh tumba, ¿dónde está tu victoria?  Así murió y todas las trompetas sonaron por el al otro lado”.

¡Quiera que tengamos un fin como este!  ¡Quiera que nunca olvidemos que sin pelear no habrá santidad mientras vivimos y ninguna corona de gloria cuando muramos!


[1] 2  Autor indica Libro de Oraciones que es propio de la Iglesia de Inglaterra.

[3] John Wycliffe (1328-1384),  fue un filósofo escolástico inglés, teólogo, predicador, traductor, reformista y profesor universitario,  conocido como uno de los primeros disidentes de la Iglesia Católica Romana.  John Huss (1369-1415) fue el más fiel de los discípulos de Wycliffe, pues siguió sus enseñanzas casi literalmente. Era un erudito, profesor de la Universidad de Praga, elocuente predicador y ardiente patriota. Martín Lutero (1483 – 1546 (Martin Luder -Martin Luther), teólogo, fraile católicoagustino recoleto y reformador religioso alemán, en cuyas enseñanzas se inspiró la Reforma Protestante. Inauguró la doctrina teológica y cultural denominada luteranismo e influyó en las demás tradicionesprotestantes. Su exhortación para que la Iglesia regresara a las enseñanzas de la Biblia, impulsó la transformación del cristianismo y provocó la Contrarreforma, como se conoce a la reacción de la Iglesia Católica Romana frente a la Reforma protestante. Nicholas Ridley (1500–1555), Obispo de Londres, fue uno de los tres mártires de Oxford del Anglicanismo. Hugh Latimer (1487–1555) Fue miembro del Clare College, Cambridge, Obispo de Worcerter antes de la Reforma y luego de la Iglesia de Inglaterra, capellán del Rey Eduardo VI.  Bajo el reinado de la Reina María, fue quemado en la hoguera, volviéndose uno de los tres mártires de Oxford del Anglicanismo

[4] John Wesley (17 de junio de 1703 – † 2 de marzo de 1791), fue un pastor anglicano y teólogocristiano británico. Nacido en Epworth, Lincolnshire, Inglaterra. A Juan Wesley junto con su hermano Carlos se les acredita principalmente la fundación del movimiento Metodista Inglés. George Whitefield(1714 – 1770), ministro de la Iglesia de Inglaterra, fue un dirigente destacado del movimiento metodista. Llegó a ser muy conocido por su entusiasta predicación en las colonias americanas del Imperio Británico, destacándose claramente como el principal dirigente del primer movimiento evangélico en el nuevo mundo, denominado Primer Gran Despertar, una sucesión espontánea de “avivamientos” cristianos protestantes en las colonias angloamericanas. William Wilberforce ( 17591833), político, filántropo yabolicionista británico, quien siendo miembro del Parlamento Británico, lideró una campaña en contra de la esclavitud.

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