Santidad de J.C.Ryle, Capitulo 3: Santidad

Por J.C.Ryle

SANTIDAD

clip_image002“Santidad, sin ella ningún hombre verá al Señor” (Heb. 12:14)

La cita bíblica que encabeza esta página apunta a un tema de profunda importancia.  Ese tema es la santidad práctica.  Esta sugiere preguntas que demandan la atención de todos los creyentes profesantes: ¿Somos santos?  ¿Veremos al Señor?

Estas preguntas nunca podrán estar fuera de lugar.  El hombre sabio nos dice: “Hay un tiempo para llorar y un tiempo para reír; un tiempo para guardar silencio y un tiempo para hablar” (Ecl. 3:4-7), pero no hay un tiempo, no, ni un día, en el cual hombre no deba ser santo.  ¿Lo somos?

Estas preguntas conciernen a todos los hombres, sin importar su rango y condición.  Algunos son ricos y otros son pobres, algunos tienen conocimiento y otros no lo tienen, algunos son señores y algunos son sirvientes; pero no hay rango ni condición de vida en la que un hombre no deba ser santo.  ¿Lo somos?

Pido que se me escuche acerca de este tema.  ¿Cómo está la cuenta entre nuestras almas y Dios?  En el mundo acelerado y ajetreado que estamos, detengámonos unos pocos minutos y consideremos el asunto de la santidad.  Creo que podría haber escogido un tema más popular y agradable.  Estoy seguro que hubiera encontrado uno más fácil de abordar, pero siento profundamente que no podría haber escogido uno más razonable y provechoso para nuestras almas. Es un asunto solemne oír la Palabra de Dios decir “Sin santidad ningún hombre verá a Dios” (Heb.12:14)

Me dedicaré, con la Ayuda de Dios, a examinar lo que es la verdadera santidad y la razón de por qué es tan necesaria.   Como conclusión, trataré de delinear el único camino por el cual la santidad puede ser asida.  Habiendo considerado el lado doctrinal, volvámonos a la simple y práctica aplicación.

  1. La naturaleza de la verdadera santidad práctica

Entonces, primero, déjenme intentar mostrarles lo que es la verdadera santidad práctica, de la cual que nace un nuevo interrogante: ¿cuáles son la personas a las que Dios llama santas?

Un hombre puede avanzar grandes extensiones y aún así nunca alcanzar la verdadera santidad.   No es conocimiento – Balaam lo tenía; no es gran profesión –Judas la tenía; no es hacer muchas cosas –Herodes las hizo;  celo por algunas materias religiosas –Jehu lo tenía;  moralidad y conducta impecable –el joven gobernante las tenía;  no es escuchar con placer a los predicadores –los judíos en los tiempos de Ezequiel lo hacían;  no es la buena compañía con la que estamos –Joab y Gehazi y Demás la tenían, ¡y aún así ninguno de ellos fue Santo!   Estas cosas por sí mismas no son santidad.  Un hombre puede tener todas ellas y aún así nunca ver a Dios.

¿Entonces qué es santidad práctica verdadera?   Es una pregunta difícil de responder.  No quiero decir que no haya ningún material escritural sobre el tema, pero me temo que aún así podría dar una visión precaria de la santidad y no decir todo lo que se debe decir, o que diga cosas acerca de ella que no deben ser dichas, y así hacer daño.  Déjenme, de todos modos, intentar bosquejar una visión de la santidad de forma tal que podamos verla claramente con los ojos de nuestras mentes.  Sólo que nunca olviden, cuando haya dicho todo, que mi reporte es a lo sumo un pobre e imperfecto delineamiento.

  1. La santidad es el hábito de ser una mente con Dios, de acuerdo a lo que encontramos descrito en las Escrituras de lo que Su mente es.  Es el hábito de concordar con el juicio de Dios, odiando lo que El odia, amando lo que El ama, y midiendo todas las cosas del mundo por los estándares de Su Palabra.  Aquel que más completamente concuerda con Dios, aquel es el hombre más santo.
  2. Un hombre santo se dedicará a evitar todos los pecados conocidos y guardar todos los mandamientos conocidos.  El tendrá su mente decididamente inclinada hacia Dios, un deseo de corazón para hacer Su voluntad, un mayor temor de desagradarlo a El que al mundo y un amor a todos Sus caminos.  El sentirá lo que Pablo sintió cuando dijo:  “me deleito en la ley de Dios según el hombre interior” (Rom. 7:22) y lo que David sintió cuando dijo: “estimo todos Tus preceptos sobre todas las cosas buenas, y aborrezco todo camino de falsedad” (Sal 119:128).
  3. Un hombre santo luchará por ser como nuestro Señor Jesucristo.  No sólo vivirá una vida de fe en El y sacará de El su cuota diaria de paz y fortaleza sino que también trabajará para que la mente de Cristo esté en él y sea modelado a Su imagen (Rom. 8:29).  Será su objetivo soportar y perdonar a los otros, así como Cristo nos perdonó a nosotros; a no ser orgulloso, así como Cristo lo hizo consigo mismo; caminar en amor, como Cristo nos amó; a ser modesto y humilde, así como Cristo fue modesto y se humilló a Sí mismo.   El recordará que Cristo era un testigo fiel de la verdad; que Él vino no para hacer Su propia voluntad; que Su alimento y bebida era hacer la voluntad de Dios; que Él continuamente se negaría a Sí mismo para ministrar a otros; que  Él era manso y paciente frente a insultos inmerecidos; Aquel que pensó más en los pobres hombres buenos que en reyes; Aquel que estaba lleno de amor y compasión por los pecadores;  Aquel que fue valiente e intransigente en denunciar el pecado; Aquel que no buscó la alabanza de los hombres, cuando podría haberla tenido; Aquel que perseveró en hacer el bien; Aquel que estaba separado de la gente del mundo; Aquel que continuó de corriente en oración; Aquel que no permitió ni la más ligera interferencia en Su camino cuando el trabajo de Dios debía ser hecho, aún de sus más cercanas relaciones.   Un hombre santo debe tratar de recordar estas cosas, pues a través de ellas se dedicará a modelar el curso de su vida y podrá manifestar de corazón el decir de Juan: “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1 Jn 2:6), y el decir de Pedro que “Cristo… sufrió por nosotros, dejándonos un ejemplo, que debemos seguir Sus pasos (1 Ped. 2:21).  ¡Feliz es quien ha aprendido a hacer de Cristo su “todo”, para salvación y ejemplo!   Mucho tiempo se ahorraría, y mucho pecado se prevendría, si los hombres se preguntaran más seguido “¿Qué habría hecho Cristo en mi lugar?”
  4. Un hombre santo buscará mansedumbre, paciencia, bondad, templanza, control de su lengua.  El soportará mucho, perdonará mucho,  vigilaría más y será más tardo en defender sus propios derechos.  Vemos un ejemplo brillante de este comportamiento en David cuando Simei lo maldijo, y en Moisés cuando Aarón y Miriam hablaron en su contra (2 Sam. 16:10, Núm. 12:3).
  5. Un hombre santo buscará templanza y abnegación.  Trabajará para mortificar los deseos de su cuerpo, para crucificar su carne llena de afecciones y deseos, frenar sus pasiones, reprimir sus inclinaciones carnales, no sea que ellas en cualquier momento se desaten.  Oh, qué palabra es esa que nuestro Señor Jesús dijo a los apóstoles:  “Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida” (Luc 21:34), y esas del apóstol Pablo “sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado” (1 Cor. 9:27).
  6. Un hombre santo buscará la caridad y la amabilidad fraternal.  El se dedicará a cumplir con la regla de oro de hacer con los otros lo que a él le gustaría los otros le hicieran y hablar de la misma forma.  El estará lleno de afecto hacia sus hermanos, hacia sus cuerpos, sus propiedades, sus caracteres, sus sentimientos, sus almas. “Amarnos unos a otros” dice Pablo; porque “el que ama ha cumplido la ley” (Rom. 13:8). El abominará las mentiras, difamaciones, murmuraciones, engaños, deshonestidad y tratos injustos, aún en la más mínima cosa. El shekel y el codo del santuario eran más grandes que aquellos en uso común (1).  El evitará adornar su religión con una conducta exterior y hará que ésta sea agradable y hermosa a los ojos de quienes lo rodean.  ¡Ay de nosotros! ¡Que palabras más condenatorias están en el capítulo 13 de 1 de Corintios, y en el sermón del monte,  comparadas con el comportamiento de muchos cristianos profesantes!
  7. Un hombre santo irá en pos del el espíritu de misericordia y benevolencia hacia los otros.  Él no estará ocioso ni un solo día.  No se contentará con abstenerse de hacer el mal, él tratará de hacer el bien.   Él se enfocará en ser útil en su día y generación y en disminuir las necesidades espirituales y la miseria que lo rodea tanto como le sea posible.  Así era Dorcas: “llena de buenas obras y limosnas, que ella hacía” –no sólo el mero propósito y la intención, sino la acción.  También Pablo era así “Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos” (Hec. 9:36, 2 Cor. 12:15).
  8. Un hombre santo irá en pos de la pureza de corazón.  El temerá de toda inmundicia e impureza de espíritu y buscará evitar todas las cosas que puedan llevarlo a ellas. El sabe que su propio corazón es como una yesca y diligentemente despejará las chispas de la tentación.  ¿Quién osa hablar de fortaleza cuando David puedo caer?  Hay pistas extraídas de la ley ceremonial.  Bajo ésta un hombre que tan solo toca un hueso o un cadáver o una tumba o una persona enferma se vuelve impuro inmediatamente delante de Dios y estas cosas eran emblemas y figuras. Pocos cristianos son alguna vez  lo suficientemente cuidadosos y detallistas acerca de este punto.
  9. Un hombre santo irá en pos del temor de Dios.  No me refiero al miedo de un esclavo, quien sólo trabaja porque teme el castigo y permanecería ocioso si no temiera ser descubierto.   Más bien me refiero al miedo de un niño que desea vivir y moverse como si estuviera siempre frente a la cara de su padre porque lo ama. ¡Qué noble ejemplo el que  Nehemías nos entrega sobre esto!  Cuando él fue gobernador en Jerusalén  pudo haber sido una carga para los judíos y requerir de ellos dinero para su sustento.  Su predecesor así lo había hecho y nadie lo habría podido culpar si hubiera procedido de igual forma;  no obstante,  él dijo “pero yo no hice así, a causa del temor de Dios” (Neh. 5:15).
  10. Un hombre santo irá en pos de la humildad.  El deseará, en humildad, estimar a los otros más que a sí mismo.  Verá más maldad en su propio corazón que en el de cualquiera otro del mundo.  Entenderá algo del sentimiento de Abraham cuando dice “soy polvo y cenizas”, y de Jacob cuando dice “soy menor que la más pequeña de Tus misericordias”, y de Job cuando dice “Soy vil”, de Pablo cuando dice  “Soy el señor de los pecadores”.  Bradford, aquel mártir fiel de Cristo, algunas veces terminaba sus cartas con estas palabras: “El más miserable pecador, John Bradford” (2).  Las últimas palabras del buen viejo Grimshaw, cuando él estaba en su cama de moribundo, fueron estas:  “Aquí va un sirviente inútil”.
  11. Un hombre santo será fiel y leal en todos sus deberes y relaciones de vida. El tratará de buscar, no solamente para llenar un lugar -así como los otros que no consideran sus almas-, tratará y  aún más,  porque tiene motivos superiores y más ayuda que los otros. Están las palabras de Pablo que nunca deben echarse al olvido:  “Cualquier cosa que hagas, hazla de corazón, como para el Señor”;  “No perezoso en los negocios, ferviente en espíritu; sirviendo al Señor” (Col. 3:23, Rom. 12:11).   Las personas santas deberían focalizarse en hacer todo bien y deberían avergonzarse de sí mismas si hacen algo mal habiendo podido evitarlo.  Como Daniel, ellas deberían buscar no propiciar  la “ocasión” contra sí mismos, excepto en lo concerniente a la ley de su Dios (Dan. 6:5).   Deben esforzarse por ser buenos esposos y esposas, buenos padres y buenos hijos, buenos señores y buenos sirvientes, buenos vecinos, buenos amigos, buenos sujetos, buenos en lo privado y buenos en lo público, buenos en los negocios y buenos a la orilla del fuego en sus hogares.  La santidad vale de poco si no porta esta clase de frutos.  El Señor Jesús coloca una pregunta inquisitiva a Su pueblo cuando dice:  “¿qué hacéis de más? (Mat. 5:47).
  12. Ultimo, pero no menor, un hombre santo irá en pos de la espiritualidad.  Se dedicará a fijar sus afectos enteramente en las cosas de arriba y mantener las cosas de la tierra con una mano suelta.  El no rechazará los afanes del hoy pero el primer lugar en su mente y pensamientos será dado a la vida que vendrá.  El se enfocará en vivir como uno cuyo tesoro está en los cielos y pasará de este mundo con un extraño y un peregrino viajante hacia su hogar.  Una íntima comunión con Dios en la oración, en la Biblia y en las reuniones con Su pueblo,  estas cosas serán las que le proporcionen mayor gozo al hombre santo.  El valorará todo, lugar y compañía, en la medida en que esto le acerque más a Dios.  El se involucrará con el sentimiento de David expresado “Está mi alma apegada a Ti”, “Tú eres mi porción” (Sal 63: 8, 119:57).

Aquí debo indicar que tengo aprehensiones de que mi exposición sea malentendida y que la descripción que he dado de la santidad pueda desalentar a una conciencia sensible. No es mi intención provocar tristeza en el corazón de un recto o tirar ladrillos sobre la cabeza de cualquier creyente.  No digo ni por un momento que la santidad le cierre la puerta al pecado que mora en nosotros.  No, lejos de eso.  Es la mayor miseria de un hombre santo ser portador de este “cuerpo de muerte” que cuando quiere hacer el bien “la presencia maligna está en él”; que el viejo hombre está atascado en todos sus movimientos y, como está, intenta volverlo atrás en cada paso que toma (Rom. 7:21).  Pero es la excelencia de un hombre santo que él no tenga paz al lidiar con el pecado, como otros la tienen.  Él odia el pecado, llora luto sobre él y desea estar libre de su compañía.  El trabajo de la santificación en él es como la muralla de Jerusalén –el edificio se mantiene “aún en tiempo de problemas” (Dan. 9:25).

Tampoco quiero decir que la santidad trae  madurez y perfección, todo de un golpe, y que estas gracias/dones a los que me he referido deben ser encontradas en plena floración y vigor antes de que usted  llame santo a un hombre.  No,  lejos de eso.  La santificación es siempre un trabajo progresivo.  Algunos hombres tienen sus gracias en la espada, otros en la espiga y otros tienen su espiga llena de trigo.  Todo tiene su comienzo.  Nunca debe despreciarse “las pequeñas cosas del día”  Y la santificación en su mejor medida es un trabajo imperfecto.   La historia de los santos más brillantes que alguna vez vivieron tenía muchos “peros”, y “sin embargo” y “a pesar de que” antes de que alcanzara el final.  El oro nunca estará sin alguna escoria, la luz nunca brillará sin alguna nube, sino hasta que alcancemos la Jerusalén celestial.  El sol mismo tiene algunas manchas en su cara.  El hombre más santo tendrá culpas y defectos cuando es comparado con el santuario.  La vida es una continua batalla contra el pecado, contra el mundo y el demonio.  Y algunas veces pareciera ser que no lo lograremos, pero lo logramos.  El deseo de la carne es contra el Espíritu, y el deseo del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí en muchas cosas (Gal. 5:17).

Pero aún, por todo esto, estoy seguro de que para tener el carácter que he débilmente dibujado,   los verdaderos cristianos tienen el deseo de corazón y la oración.  Ellos perseveran hacia él aunque no lo logren;  pueden no alcanzando pero siempre lo están tratando.   Es  por lo que luchan por alcanzar y trabajan por ello, si es que no es lo que ellos son.

Y en esto, confiada y valientemente digo que la verdadera santidad es una gran realidad.  Es algo que un hombre puede ver, saber, marcar y sentir en todo su alrededor.   Es luz: si existe, se mostrará a sí misma.  Es sal: si existe, su sabor será percibido.  Es un precioso ungüento:  si existe, su presencia no puede ocultarse.

Estoy seguro de que deberíamos prepararnos para tener indulgencia con las muchas caídas, por mucha  falta  de vida en algunos cristianos profesantes.  Sé que el camino puede conducirnos de un punto a otro y aún tener muchos retrocesos y giros.  Un hombre puede ser verdaderamente santo y aún así ser desplazado por sus debilidades.  El oro no es más oro porque se mezcle con aleaciones, y la luz no es más luz aunque sea débil y difusa, la gracia no es menos gracia porque está presente en los jóvenes y débiles.   No obstante luego de cada indulgencia, no puedo ver cómo algunos hombres tengan el derecho de ser llamados “santos”,  si ellos se permiten a sí mismos voluntariamente caer en pecado y no son humildes y no tienen vergüenza a causa de ello.  No permito llamar de  “santo”  a quien hace un hábito el rechazar voluntariamente sus conocidos deberes y voluntariamente hace las cosas que Dios nos ha mandado no hacer.  Bien dice John Owen:  “No entiendo como un hombre puede ser verdaderamente santo si dentro de él no siente el pecado como una de las cargas más grandes, no sienta pena ni dolor”.

Esas son las características preponderantes de la santidad práctica.   Examinémonos nosotros mismos y veamos si estamos a cuenta con ella.  Probémonos a nosotros mismos en  nuestro interior.

2. La importancia de la santidad práctica

¿Puede la santidad salvarnos?  ¿Puede la santidad apartar el pecado, cubrir iniquidades, aplicar la santificación por las transgresiones, pagar nuestra deuda con Dios?  No, no ni una pizca.   Dios me perdone si dijera eso alguna vez.  La santidad no puede hacer ninguna de esas cosas.   Los más brillantes santos son todos “siervos inútiles”.  Nuestras labores más puras no son mejores que andrajos roñosos cuando las contrastamos a la luz de la santa ley de Dios.  La toga blanca que Jesús ofrece y la fe que pone en nosotros debe ser nuestra única justicia, el nombre de Cristo nuestra única confianza, el libro de vida del Cordero nuestro único pasaje al cielo.   Con toda nuestra santidad no somos más que pecadores.  Nuestras mejores obras están manchadas y contaminadas con imperfección.  Todas están más o menos incompletas,  equivocadas en la motivación o defectuosas en el cumplimiento.  Por las obras de la ley ningún hijo de Adán será nunca justificado.   “Por la gracia usted es salvado a través de la fe, y no nuestra”, es el regalo de Dios:   “no por obras, para que nadie se gloríe (Ef. 2:8-9)”.

¿Por qué, entonces, la santidad es tan importante?  ¿Por qué el apóstol dice:  Sin ella ningún hombre verá al Señor?  Déjenme exponer en orden algunas pocas razones.

  1. Como primera cosa, debemos ser santos porque la voz de Dios en las Escrituras claramente así lo ordena.  El Señor Jesús dijo a Su pueblo:  “Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos (Mat. 5:20)”.  “Sed perfectos así como su Padre que está en el cielo es perfecto” (Mat. 5:48)  Pablo dice a los tesalonicenses “pues la voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Tes. 4:3); y Pedro dice “… si no como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Ped. 15,16).   “En esto”, dice Leighton, “la ley y el Evangelio concuerdan”.
  2. Debemos ser santos porque es el gran objetivo final y propósito por el cual Cristo vino al mundo.  Pablo escribe a los corintios:  “Él murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Cor. 5:15) y a los de efesios:  “Cristo … amó a su iglesia, se dio a si misma por ella, para que pueda santificarla y purificarla (Ef. 5:25, 26)”; y en Tito “(Él) se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda injusticia y purificar para Sí un pueblo propio, celoso de buenas obras”.  En resumen, hablar que los hombres son salvados de su culpa de pecado sin ser al mismo tiempo salvados por el dominio de Cristo de sus corazones, es contradecir el testimonio de toda la Escritura.   ¿Son los creyentes los elegidos?   Sí a través “de la santificación del Espíritu”.  ¿Están predestinados?  Sí son  “formados a la imagen del Hijo de Dios”.   ¿Son los escogidos?  Sí para que ellos puedan ser santos.  ¿Son llamados?  Sí, con el “llamado santo”.   ¿Son afligidos?  Sí para que ellos puedan ser ”copartícipes de la santidad”.  Jesús es un Salvador completo.   El no sólo arrebata de un creyente la culpa de los pecados. El hace mucho más.  El rompe el poder del pecado (1 Ped. 1:2, Rom. 8:29, Ef. 1:4, Heb. 12:10).
  3. Debemos ser santos porque es la única evidencia firme de que tenemos la fe salvadora en nuestro Señor Jesucristo.   El artículo doce de nuestra iglesia dice acertadamente que “Aunque las buenas obras no alejan nuestros pecados, y soportan la severidad del juicio de Dios,  ellas son agradables y aceptables a Dios en Cristo, y  hablan necesariamente de una fe verdadera y viva, tanto que por ellas esa fe viva puede ser evidentemente conocida así como un árbol se discierne por sus frutos”.   Se nos advierte que existe la fe muerta, una fe que no va más allá de la profesión de labios y que no tiene influencia en el carácter de un hombre.   La verdadera fe salvadora es  muy diferente.  La verdadera fe se mostrará siempre a sí misma por sus frutos; santificará, trabajará en amor, soportará al mundo, purificará el corazón.  Sé que las personas al borde de sus lechos de muerte gustan hablar  de las evidencias, ellos descansarán en las palabras habladas en las horas de miedo y dolor y debilidad, como si estas palabras pudieran confortarlo por los amigos que perdieron.  Me temo que en el noventa y nueve del cien por ciento de  casos  éstas no son evidencias de las cuales se pueda depender.   Sospecho que, con raras excepciones, los hombres mueren de igual forma como vivieron.  La única evidencia segura de que somos uno con Cristo, y Cristo es en nosotros, es una vida santa.  Aquellos que viven en el Señor son generalmente los únicos que mueren en el Señor.  Si quisiéramos morir la muerte de los justos, no descansemos solamente en deseos perezosos, busquemos vivir Su vida.  Es un decir verdadero el de Traill:  “el estado de un hombre es nada, y su fe poco sólida …  si no centra su esperanza de gloria, purificando su corazón y su vida”.
  4. Debemos ser santos porque esta es la única prueba de que amamos a Jesús con sinceridad.  Este es un punto sobre el que  Él habló  con mayor claridad en los capítulos 14 y 15 de Juan:  “Si me aman, guarden mis mandamientos”, “Aquel que sigue Mis mandamientos y los guarda, ése Me ama”, “Si un hombre Me ama, guardará Mis Palabras”, “Ustedes son mis amigos si hacen lo que les ordeno”.  ¡Palabras más claras que estas son difíciles de encontrar y ay! de quien ose rechazarlas.  Es por seguro que un hombre tiene su alma en un estado insano si puede pensar que Jesús sufrió todo lo que sufrió y aún así se aferra a esos pecados por los cuáles ese sufrimiento tuvo causa.  Fue el pecado el que tejió la corona de espinas, fue el pecado el que perforó las manos, pies y el costado de nuestro Señor; fue el pecado el que lo llevó al Getsemaní y al Calvario, a la cruz y a la tumba.  Fríos deben ser nuestros corazones si no odiamos el pecado y trabajamos para liberarnos de él, aunque tengamos que cortarnos la mano derecha y arrancarnos el ojo derecho para lograrlo.
  5. Debemos ser santos porque es la única evidencia rotunda de que somos verdaderos hijos de Dios.  Los hijos de este mundo son generalmente como sus padres.  Algunos, sin duda, lo son más, otros lo son menos, pero es raro que no se pueda encontrar una traza de similitud entre ellos.  Y eso es lo mismo con los hijos de Dios.  El Señor Jesús dice:   “si ustedes fueran hijos de Abraham, harían la labor de Abraham”. “Si Dios fuera su Padre, ustedes me amarían” (Jn 8:39, 42).  Si lo hombres no tienen ningún parecido con su Padre en el cielo, es vano hablar de ellos como Sus “hijos”.   Si no sabemos nada de santidad, podemos halagarnos nosotros mismo como queramos, pero no tenemos el Espíritu Santo trabajando en nosotros; estamos muertos y debemos ser traídos a vida; estábamos perdidos y debemos ser encontrados. “Como muchos son conducidos por el Espíritu de Dios, ellos, “ y ellos solamente, “son los hijos de Dios (Rom. 8:14).  Nosotros debemos mostrar en nuestras vidas a la familia que pertenecemos.   Debemos dejar que los hombres vean en nuestra buena conversación que somos en verdad hijos del Único Santo, o nuestra  calidad de hijos no es más que un nombre vacío.  “No digan ”, dice Gurnall (3) “que ustedes tienen sangre real en sus venas, y son nacidos de Dios,  salvo porque pueden mostrar su pedigree con el desafío de ser santo”.
  6. Debemos ser santos porque es la forma más acertada de hacer bien a los otros.   No podemos vivir sólo para nosotros mismos en este  mundo.  Nuestra forma de vida siempre hará el bien o el mal a otros que la ven.  Estas son un sermón silencioso que todos pueden leer.  En realidad es penoso cuando esos sermones son por causa del demonio, y no de Dios.  Creo que se hace mucho más de lo que pensamos en el reino de Cristo por la vida santa de los creyentes.  Hay una realidad acerca de ese tipo de vida que hace a los hombres sentir y los obliga a pensar.  Esta genera un peso e influencia que nada más puede dar.  Hace que la religión sea hermosa e impulsa a los hombres a considerarla, como un faro que se ve a lo lejos.  El día del juicio probará que muchos esposos no creyentes han sido ganados “sin la Palabra” por una vida santa (1 Ped. 3:1).  Usted puede conversar con las personas acerca de las doctrinas del evangelio, y pocos oirán y algunos pocos entenderán, no obstante su forma de vida es un argumento al que nadie escapa.  Hay un significado acerca de la santidad que aún los menos instruidos pueden entender.  Puede que ellos no entiendan la justificación pero si lo que es la caridad.               Creo que cristianos no santificados e inconsistentes causan más daño  del que  advertimos.  Esos hombres son los mejores aliados de Satanás.  Ellos echan abajo con sus vidas lo que los ministros construyen con sus labios.  Ellos causan que las ruedas del carro del evangelio sean pesadas de conducir.  Ellos entregan a los hijos de este mundo con una excusa infinita para permanecen como están.  “No puedo ver el sentido de tanta religión”, dijo un comerciante ateo no hace mucho tiempo; “veo que algunos de mis clientes están siempre hablando del evangelio y la fe y la elección y las bendición de promesas y mucho más, y aún así ellos no piensan más que en hacerme trampas con centavos cuando ellos tienen la oportunidad.  Ahora, si un hombre religioso puede hacer esas cosas, no veo qué de bueno hay en la religión”.  Me lamento de estar obligado a escribir estas cosas, pero me temo que el nombre de Cristo es demasiado, a menudo, tomado en vano debido a las vidas de los cristianos. Prestemos atención pues no vaya a ser que la sangre de algunas almas sea imputada a nuestras manos. ¡Del asesinato de almas por inconsistencia y caminar suelto, buen Señor, líbranos! ¡Oh, por el bien de otros, si no hubiera otra razón,  esforcémonos en ser santos!
  7. Debemos ser santos porque nuestra comodidad de hoy depende mucho de ello.  Estamos lamentablemente inclinados a olvidar que hay una conexión cercana entre el pecado y el pesar, la santidad y la felicidad, la santificación  y consolación.  Dios ha ordenado sabiamente que nuestro bienestar y nuestro buen hacer estén ligados.   En forma misericordiosa Él ha previsto que aún en este mundo sea del interés del hombre ser santo.   Nuestra justificación no es por obras, nuestro llamado y elección no son concordantes con ellas, sin embargo es vano para cualquiera suponer que tendrá una vívida sensación de su justificación, o la certeza de su llamado, si  rechaza las buenas obras y no se enfoca a vivir una vida santa.  “Así sabemos que Lo conocemos, si guardamos Sus mandamientos”.  “Así sabemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones” (1 Jn 2:3, 3:19).  Un creyente puede esperar sentir los rayos de sol en los días negros y nublados,  así como sentir la fuerte consolación en Cristo  mientras no lo siga a Él enteramente.  Cuando los discípulos abandonaran al Señor y corrieron, escaparon del peligro, y aún así ellos fueron puestos en prisión y golpeados, sin embargo se nos dice “ellos estaban gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa de Su nombre” (Hec 5:41).  Oh, por nuestro propio bien, si no hubiese otra razón, esforcémonos en ser santos.  Aquel que sigue a Jesús con mayor anhelo lo seguirá siempre más cómodamente.

8. Finalmente, debemos ser santos porque sin santidad en la tierra nunca estaremos preparados para disfrutar el cielo.  El cielo es un lugar santo.  El Señor del cielo es un Ser santo.  Los ángeles son criaturas santas.  La santidad está escrita en todo el cielo.  El libro del Apocalipsis o Revelaciones dice expresamente:  “No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira” (Apo. 21:27)

¿Cómo podremos estar como en casa y felices en el cielo si morimos no santificados?  La muerte no hace cambios.  La tumba no causa alteración.  Cada quien se levantará nuevamente con el mismo carácter que tuvo en el último suspiro.  Cuál será nuestro lugar si ahora somos extraños a la santidad?

Suponga por un momento que a usted se le permitiera entrar al cielo sin santidad.  ¿Qué haría?  ¿Cuál sería el  disfrute que usted podría sentir allí?  ¿A cuál de todos los santos usted se uniría y al lado de quién se sentaría?  Sus placeres no son sus placeres, sus gustos no sus gustos, sus caracteres no son su carácter.  ¿Cómo podría usted ser feliz si no ha sido santo en la tierra?

Tal vez ahora usted ama la compañía de los livianos y los descuidados, los mundanos y los codiciosos, el revoltoso y buscador de placeres, el sin dios y el profano.   No habrá ninguno de ellos en el cielo.

Tal vez ahora usted piense que los santos de Dios son muy estrictos y detallistas y serios.  Prefiere evitarlos.  Usted no tiene complacencia en su compañía.   En el cielo no habrá otro tipo de compañía.

Tal vez ahora usted piense que orar, leer las Escrituras, cantar himnos sea aburrido y melancólico y estúpido, algo para tolerar de vez en cuando, pero no para disfrutarlo.   A usted le parece que guardar el sábado es una carga y un cansancio;  usted posiblemente no podría pasar nada más que un pequeño momento adorando a Dios, pero recuerde, que el cielo es un sábado que nunca se termina.  Allí sus habitantes no descansan ni de día ni de noche, diciendo “Santo, santo, santo Señor Dios Todopoderoso”, y cantan alabanzas al Cordero.  ¿Cómo podría un hombre no santificado encontrar placer en ocupaciones como estas?

¿Piensa usted que esa persona tendría gozo en encontrar a David, a Pablo y a Juan, después de llevar una vida haciendo cosas contra las cuales ellos hablaron?  ¿Tomaría el dulce consejo y encontraría que él y ellos han tenido mucho en común?  ¿Piensa usted, por sobre todo, que él se regocijaría al encontrar a Jesús, el Crucificado, cara a cara luego de practicar los pecados por los cuales El murió, después de amar a Sus enemigos y despreciar a Sus amigos?  ¿Podría pararse frente a Él con confianza y unirse al grito “Este es nuestro Dios… el que hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en Su salvación” (Isa. 25.9)?   ¿No piensa usted, más bien, que la lengua de un hombre no santo se pegará a su paladar por la vergüenza y su único deseo será escapar de allí?   El se sentirá extranjero en una tierra que no conoce, una oveja negra en medido del rebaño santo de Cristo.  La voz de los querubines y serafines, el canto de los ángeles y arcángeles, y toda la compañía celestial tendría un lenguaje que no podría entender.   El mismo aire será un aire que él no podría respirar.

No sé lo que los otros puedan pensar pero para mí parece claro que el cielo sería un lugar miserable para un hombre no santo.  No puede ser de otra forma.  Las personas pueden decir vagamente que “esperan ir al cielo” pero no consideran lo que ello significa.  Debe existir una cierta “preparación para la herencia de los santos en la luz”.  Nuestros corazones deben, de alguna forma, estar en sintonía.  Para alcanzar la festividad de la gloria se debe pasar por el entrenamiento escolar de la gracia.  Debemos tener mentes celestiales y gustos celestiales ahora en nuestras vidas,  de otra forma nunca nos encontraremos a nosotros mismos en los cielos en la vida por venir.

Y ahora, antes de que vaya más lejos, déjenme decir unas pocas palabras sobre la forma de practicar.

1. La pregunta más pertinente de formular es esta:  ¿Soy santo?  Le ruego escuche esta pregunta.  ¿Sabe algo de la santidad sobre la cual he estado hablando?

No le estoy preguntando si usted va al templo regularmente, o si ha sido bautizado y ha participado en la Cena del señor, o si usted es llamado cristiano.  Le pregunto algo más que todo eso:  ¿es o no usted santo?

No le pregunto si usted ve la santidad en otros, si a usted le gusta leer sobre la vida de personas santas y habla de cosas santas y si tiene sobre su mesa libros santos, si usted pretende ser santo y espera ser santo algún día.  Voy más allá:  ¿es o no usted santo hoy mismo?

¿Y por qué le pregunto tan directa y enfáticamente esto?  Lo hago porque las Escrituras dicen:  “Sin santidad ningún hombre verá a Dios”.  Está escrito, no es una fantasía, es bíblico, no es mi opinión personal, es la palabra de Dios y no del hombre:  Sin santidad ningún hombre verá a Dios” (Heb. 12:14).

¡Que penetrante y escrutadoras palabras son estas!  ¡Qué pensamientos vienen a mi mente mientras las escribo!  Miro el mundo y veo en él la mayor parte de personas mintiendo en perversión.  Observo a los cristianos profesantes y veo a la vasta mayoría no teniendo de cristianos nada más que el nombre.  Me vuelvo a la Biblia y escucho al Espíritu decir:  “Sin santidad ningún hombre verá a Dios”.

Por cierto es un texto que debe hacernos considerar nuestras formas y sondear nuestros corazones.  Por cierto, este debiera generar pensamientos solemnes y disponernos a orar.

Usted podría tratar de evadirme diciendo que siente mucho y piensa mucho sobre estas cosas:  más allá de lo que muchos pueden suponer.  Yo le respondo:  “Este no es el punto.  Las pobres almas perdidas en el infierno hacen lo mismo.  La gran pregunta no es lo que usted piensa, o lo que siente, sino lo que hace”.

Usted podría decir que nunca se pretendió que todos los cristianos debían ser santos y que la santidad, como yo la he descrito, es sólo para grandes santos y personas con dones privilegiados.  Mi respuesta:  “Eso no lo veo en las Escrituras.  Lo que leo es que cada hombre que tiene esperanza en Cristo se purifica a sí mismo (1 Jn 3:3).   “Sin santidad ningún hombre verá a Dios”.

Usted podría decir:   es incompatible ser santo y cumplir simultáneamente con nuestros deberes securales, eso no se puede hacer.  Le contesto:  “Está confundido”.  Puede hacerse, con Cristo a su lado nada es imposible.  Muchos lo han hecho.  David y Abdías, y Daniel y los sirvientes de la casa de Nerón son todos ejemplos que lo prueban.

Usted podría decir: Si fuera tan santo sería distinto de los otros.  Yo le contesto:  “Lo sé bien.  Es sólo cómo debe ser.   ¡Los sirvientes verdaderos de Cristo siempre fueron distintos del mundo que los rodeaba –una nación separada, personas peculiares, y usted debe serlo también, si fuera salvo!”

Usted podría decir que a este costo muy pocos serán salvados.  Yo le contesto:  “Lo sé.  Eso es precisamente lo que nos fue dicho en el sermón del monte”.  El Señor Jesús dijo  ….: “Estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la vida y unos pocos serán los que la hallen” (Mat. 7:14).  Unos pocos serán salvados porque unos pocos se tomarán la molestia de buscar la salvación.  Los hombres no se negaran a sí mismos los placeres del pecado y su forma de ser por un rato.  Ellos volverán sus espaldas a “herencia incorruptible, pura, que no se desvanece”. y “No queréis venir a mí”, dice Jesús, “para que tengáis vida”. (Jn 5:40).

Usted podría decir que son palabras duras:  el camino es muy angosto.  Yo contesto:  “Yo lo sé.  Así lo dice el sermón del monte.   El Señor Jesús lo dijo así hace mucho tiempo atrás.   Él dijo siempre que los hombres debían tomar su cruz diariamente y que ellos debían estar preparados para cortarse su mano o su pie, si ellos eran sus discípulos.  Es en la religión y en otras cosas, no hay ganancia sin dolor.  Lo que nada cuesta, nada vale.

No importa lo que pensemos pueda ser adecuado decir, debemos ser santos si queremos ver a Dios.  ¿Dónde está nuestra cristiandad si no lo somos?   No sólo debemos tener el nombre de cristianos y el conocimiento cristiano, debemos tener también el carácter de un cristiano. Debemos ser santos en la tierra si pretendemos ser cristianos en el cielo.  Dios lo ha dicho y no se retractará: “Sin santidad ningún hombre verá al Señor”. “El calendario papal”, dice Jenkyn “sólo hace santos de los muertos, pero las Escrituras requiere de la santificación mientras haya vida”.  “No dejemos que los hombres se engañen a sí mismos”, dice Owen (4), “la santificación es un atributo indispensablemente necesario para aquellos que estarán bajo la conducción de nuestro Señor Jesús en salvación.  Él no conducirá a ninguno al cielo salvo aquellos que Él santifique en la tierra.  Esta Cabeza viviente no admitirá miembros muertos”.

Por seguro que no necesitamos indagar en lo que las Escrituras dicen:  “Usted debe nacer de nuevo” (Jn 3:7). Por seguro es claro como la luz del día que muchos cristianos profesantes necesitan un cambio completo, nuevos corazones, nuevas naturalezas si han de ser salvos alguna vez.   Las cosas viejas deben morir, deben convertirse en nuevas criaturas.  “Sin santidad ningún hombre”, sea quien sea, “ningún hombre verá al Señor”.

2.  Déjenme hablar un poco a los creyentes.  Les hago esta pregunta:  ¿Piensa que siente la importancia de la santidad como debe?

Admito mi temor ante el carácter de este tema en los tiempos actuales.  Dudo mucho si tiene el  lugar que merece en los pensamientos y atención de algunos miembros del pueblo de Dios.  Humildemente diría que nuestra tendencia es a pasar por alto la doctrina del crecimiento en la gracia y no consideramos suficientemente cuán lejos una persona puede llegar en su profesión religiosa y aún así no tener la gracia y estar muerto delante de Dios.   Creo que Judas Iscariote era similar a los otros apóstoles.  Cuando el Señor los advirtió que uno de ellos lo traicionaría, ninguno dijo “¿Es Judas?”  Debemos meditar acerca de los ejemplos de las Iglesias de Sardis y Laodicea, más  de lo que lo hacemos.

No deseo hacer de la santidad un ídolo.  No deseo destronar a Cristo y poner la santidad en Su lugar.  No obstante, francamente, puedo decir que desearía que la santificación estuviera en nuestros pensamientos más frecuentemente de lo que parece estar en estos días, y  de ese modo tomar la ocasión de machacar el tema en todos los creyentes en cuyas manos estas páginas puedan caer.  Algunas veces, me temo que se nos olvida que Dios ha casado la justificación con la santificación.  Ambas son conceptos claros pero diferentes, más allá de cualquier duda. Lo que Dios ha juntado no pretenda el hombre separarlo.  No me hable de su justificación a menos que tenga también algunas marcas de la santificación.  No presuma de la obra de Cristo en usted al menos que pueda mostrarnos el trabajo del Espíritu en usted.  No piense que Cristo y el Espíritu puedan estar alguna vez divididos. No tengo dudas de que muchos creyentes saben de estas cosas, pero pienso que sería bueno para nosotros recordarlas.  Probémonos que sabemos de ellas por la vida que llevamos.  Tratemos de mantener a la vista este texto más continuamente: “busque la santidad, sin la cual ningún hombre verá a Dios”.

Debo decir francamente que el acercamiento demasiado sensitivo que muchas personas hacen sobre el tema de la santidad es un error peligroso.  Algunos pensaran que es más peligroso aproximarse al tema y no hacerlo es peor.  Aún más si exaltamos a Cristo como “el camino, la verdad y la vida” ¿cómo podemos rehusarnos a hablar con fuerza acerca de aquellos que se llaman a sí mismos seguidores de Cristo?

Lo diría con toda reverencia, pero lo diría:   Temo, a veces, que si Cristo estuviera en la tierra ahora, habrían no pocos que pensarían que Su prédica es legal y si, como Pablo escribieran sus Epístolas, habría algunos que pensarían que sería mejor que él no escribiera las últimas partes de éstas como las escribió.  Recordemos que el Señor Jesús habló en el sermón del monte y que la Epístola a los Efesios contiene seis capítulos y no cuatro.  Lamento sentir la obligación de hablar de esta manera, pero estoy seguro que hay una razón.

John Owen, el decano de la Iglesia de Cristo, solía decir, más de doscientos años atrás, que había personas cuya única religión parecía consistir en quejarse de sus propias corrupciones y decir a los otros que no podían hacer nada sobre eso.  Me temo que, tras dos siglos, se dice con verdad la misma cosa de algunos cristianos profesantes.  Sé que hay textos de la Escritura que avalan tales quejas.  No las objeto cuando provienen de hombres que caminan en los pasos del apóstol Pablo y dan la buena batalla, como él hizo, contra el pecado, el demonio y el mundo.  Pero no me gustan dichas quejas cuando veo bases para sospechar, como frecuentemente lo hago, que ellas  sólo son una tapadera para encubrir la flojera espiritual y una excusa para la pereza espiritual.  Si decimos con Pablo “¡Miserable de mí!”, seamos capaces de decir conjuntamente con él: “prosigo a la meta”.   No lo citemos como ejemplo en una cosa mientras en otra no lo seguimos (Rom. 724, Fil 3:14).

No digo que yo sea mejor que otras personas, y si alguno pregunta “¿Quién eres tú para escribir de esta forma?  Yo contesto: “Soy una pobre criatura en verdad”.   No obstante digo que no puedo leer la Biblia sin desear ver a muchos creyentes en un estado más espiritual, más santo, más enfocados, con sus mentes más puestas en el cielo, con un más corazón entero de lo que son hoy en el Siglo XIX.  Quiero ver entre los creyentes más del espíritu peregrino, una separación más marcada del mundo, una conversación más celestial, un caminar más cercano a Dios.  Esas son las razones por las cuales he escrito como lo he hecho.

¿Es o no verdad que hoy en día necesitamos un estándar más alto de santidad personal?  ¿Dónde está nuestra paciencia?  ¿Dónde está nuestro celo?  ¿Dónde está nuestro amor?  ¿Dónde están nuestras obras?  ¿Dónde está el poder de la religión que debe verse como fue en los tiempos que se han ido?  ¿Dónde está el tono inconfundible que fue usado para distinguir a los santos del pasado y sacudir el mundo?  Verdaderamente nuestra plata se ha vuelto escoria, nuestro vino se ha mezclado con agua y nuestra sal tiene muy poco sabor. Estamos más que dormidos.  La noche ya se ha ido y el día está a nuestro alcance.  Despertemos y no durmamos más.  Abramos nuestros ojos más ampliamente de lo que lo hemos hecho hasta ahora. “Despojémonos de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos asedia” .  “Limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionemos la santidad en el temor de Dios” (Heb. 12:1-2, 2 Cor. 7:1). “Murió Cristo” dice Owen, “¿y vivirá el pecado? ¿Fue crucificado en el mundo y nuestros afectos al mundo son rápidos y vívidos? ¿Oh, dónde está el espíritu de aquel que por la cruz de Cristo fue crucificado en el mundo y el mundo por él?”.

3. Un consejo

¿Le gustaría ser santo?  ¿Transformarse en una nueva criatura?  Entonces usted debe comenzar con Cristo.  Usted no hará nada en absoluto y no progresará hasta que sienta su pecado y debilidad y se refugie en Él.  Él es la raíz y el comienzo de toda santidad, y el camino a ser santo es venir a Él con fe y ser uno con Él.  Cristo no es sólo sabiduría y corrección para Su pueblo sino también santificación.  Los hombres, algunas veces, tratan de hacerse a sí mismos primero santos y  para los que así lo hacen es triste.  Trabajan duro y dan vueltas muchas hojas y hacen muchos cambios, y aún así, como la mujer con el flujo de sangre, antes de ir a Cristo, sienten que “nada mejora, al contrario,  se vuelve peor” (Mar 5:26).   Ellos corren en vano y trabajan en vano.  Y no hay que admirarse por esto puesto que ellos empezaron en el camino equivocado.   Ellos están construyendo una muralla de arena, y su trabajo se viene abajo tan rápido como lo levantan.  Ellos son agua embalsada en un barco agujereado, la filtración les gana y no ellos a la filtración.  Nuestra fundación de santidad no puede descansar en otra cosa que no sea en la que Pablo descansó, incluso Jesucristo.  Sin Cristo no podemos hacer nada (Jn 15:5).   Es un dicho fuerte pero verdadero el de Traill:  “La sabiduría sin Cristo es irrefutablemente una insensatez, la rectitud sin Cristo es culpa y condenación; la santificación sin Cristo es porquería y pecado; la redención sin Cristo es cautiverio y esclavitud”.

¿Quiere alcanzar santidad?  ¿Siente usted que hoy un deseo real de corazón de ser santo?  ¿Querría ser un participante de la naturaleza divina?   Entonces busque a Cristo.  No espere por nada.  No espere por nadie. No se entretenga.  No espere a estar listo.  Vaya y dígaselo a Él en las palabras que el hermoso himno nos da:

“No traigo nada en mis manos,

Simplemente a tu cruz me aferro;

Desnudo vuelo a Ti por vestido;

Indefenso busco Tu gracia”.

No hay ni un ladrillo o piedra puesta en el trabajo de nuestra santificación hasta que vayamos a Cristo.  La santidad es Su regalo especial a los creyentes.  La santidad es el trabajo que El efectúa en sus corazones por el Espíritu que Él ha puesto en ellos.   Él es nombrado un “Príncipe y un Salvador… para arrepentimiento” así como remisión de pecados.  A tantos como lo reciban a Él, Él les dará el poder de ser hijos de Dios (Hec. 5:31, Jn 9:12m13).  La santidad no proviene de la sangre: los padres no pueden dársela a sus hijos; ni tampoco de la voluntad de la carne: el hombre no puede producirla en sí mismo; no es la voluntad del hombre: los ministros no pueden darla a través de bautismo.   La santidad viene de Cristo.  Es el resultado de la unión vital con El.  Es el fruto de ser una rama viviente de la Vid verdadera.  Vaya  a Cristo entonces y diga:  “Señor, no sólo sálvame  de la culpa del pecado, envíame el Espíritu, el que prometiste, y líbrame de su poder.  Hazme santo.  Enséñame a hacer Tu voluntad”.

¿Desea continuar en santidad?  Entonces habite en Cristo (Jn 15:4,5).  Complace al Padre que en Él  la llenura esté y habite, es abastecedor completo para todas las necesidades del creyente.  El es el médico a quien diariamente debe ir si quiere mantenerse bien.  Él es el Maná que debe comer diariamente y la Roca de la cual usted debe beber diariamente.  Su brazo es el brazo donde usted debe apoyarse en la medida en que usted salga del desierto de este mundo.  No sólo debe enraizarse sino construirse sobre Él.  Pablo era verdaderamente un hombre de Dios, un hombre santo, un cristiano en crecimiento pujante, ¿y cuál era el secreto de todo eso? Él era uno en el cual Cristo era su todo en todo. Él estaba mirando a Jesús siempre.  “Todo lo puedo”, él dice, “en Cristo que me fortalece”.  “Vivo, más no yo, sino Cristo en mí, y la vida que ahora vivo, la vivo por fe en el Hijo de Dios”.  Vayamos y hagamos de la misma forma.  (Heb. 12:2, Fil. 4:13; Gal. 2:20).

¡Quiera ser que los que lean estas páginas conozcan estas cosas por su experiencia y no por el dicho de otros solamente!  ¡Quiera que todos sentamos la importancia de la santidad más allá de lo que lo hemos hecho alguna vez!  ¡Quiera que nuestros años sean santos para nuestras almas para que sean años felices!  Ya sea que vivamos, vivamos en el Señor, sea que muramos, muramos en el Señor; o si El viene por nosotros, ¡quiera que estemos en paz, sin mancha ni culpa!

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Notas al pie:

1 El autor con esta oración desea reforzar el sentido de esfuerzo y servicio que debemos manifestar a Dios. Todo debe ser sublime y bueno, no en la medida de los hombres sino de El mismo.

2 John Bradford (1510–1555) canónigo de la iglesia de St. Paul’s. Fue un reformista inglés y mártir que murió en la hoguera.

3 William Gurnall (1617 – 1679) Autor inglés, nacido en King´s Lynn, Norfolk.  Es conocido por su libro Cristianos con su armadura completa (Christian in Complete Armour) publicado en tres volúmenes, 1655, 1658 y 1662.  Consiste en sermones entregados por el autor en el ejercicio de su ministerio regular.  Es un trabajo que merece los méritos y reconocimientos aún hoy en día.

4 John Owen (1616-1683).   Su intelecto inmenso se impuso a una edad temprana.   Un niño prodigio, a la edad de 12 fue inscrito en la Universidad de Oxford y a los 16 años le otorgaron  su Licenciatura en Filosofía y Letras y a los 19 años su Maestría.   Además de otras obras, él escribió su comentario monumental de volúmenes múltiples Epistle to the Hebrews, a Discourse on the Holy Spirit, Apostasy(1676), Justification by Faith (1677), The Person of Christ (1678), y The Grace and Duty of Being Spiritually-minded. Durante el año antes de su muerte escribió, Meditations and Discourses on the Glory of Christ. Murió a los 67 años. La teología bíblica era su primer amor y pasión.   Él no se consideraba un filósofo o erudito, sino primero y principalmente un expositor de la Palabra de Dios.   Aunque era un calvinista por convicción, sus pensamientos eran llenos del poder del Espíritu Santo.  Como la mayoría de los grandes pensadores cristianos, él se enfocaba en los temas mayores – la trinidad, justificación por fe, y la gloria de Cristo.   Él se consideraba primeramente un pastor de almas, no un erudito.

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Capitulo 3 del libro Santidad de J.C Ryle. Estoy tomando la traducción del Blog Descubriendo El Evangelio y ha sido traducido por Erika Escobar

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