Santidad de J.C.Ryle, Capitulo 2: Santificación

cuesta_arriba2 “Santifícalos a través de tu verdad” (Jn 17:17)
“Esta es la voluntad de Dios, incluso su santificación” (1 Tes 4:3)
El tema de la santificación es uno de muchos, me temo, que desagrada en extremo.  Algunos incluso se voltean de ella con desprecio y desdén.  La última cosa que les gustaría ser es “un santo” o un hombre “santificado”.  Sin embargo, el tema no necesita ser tratado de esa forma.  No es un enemigo, es un amigo.
Este es un tema de la más alta importancia para nuestras almas.  Si la Biblia es verdad, es seguro que a menos que seamos “santificados” no seremos salvados.  Hay tres cosas que de acuerdo con la Biblia son absolutamente necesarias para la salvación de cualquier hombre o mujer en la cristiandad.  Estas son la justificación, conversión y santificación.  Las tres se encuentran en cada hijo de Dios que  es nacido de nuevo y justificado y santificado.  Aquel que adolece de alguna de estas tres cosas no es un verdadero cristiano a la mirada de Dios, y al morir en esa condición no será encontrado en el cielo ni glorificado en el último día.
Este es un tema particularmente conveniente en los presentes días.   Sobre él, recientemente, se han levantado doctrinas extrañas.  Algunas parecen confundir la santificación con la justificación.  Otras la derrochan como si fuera nada, bajo la presencia del celo por la libre gracia y prácticamente la desechan. Otros están más preocupados del “trabajo” que se hace parte de la justificación y apenas pueden encontrar un lugar para el “trabajo” en su religión. Otros establecen medidas equivocadas de santificación ante sus ojos y fallan en asirla, pierden sus vidas en sesiones repetidas de iglesia en iglesia, congregación  en congregación, secta en secta, en vana esperanza de que encontrarán lo que necesitan.   En un día como este, un examen calmo de este tema, teniendo como puntero doctrinal el evangelio, puede ser de gran utilidad para nuestras almas.
Ahora, consideraremos la verdadera naturaleza de la santificación, sus marcas visibles y cómo se compara y contrasta con la justificación.
Si, infelizmente, usted es uno de esos lectores que no se preocupa de nada excepto por las cosas mundanas y no tiene religión alguna, no puedo esperar que tome demasiado interés por lo que estoy escribiendo.  Usted probablemente pensará que es un asunto de “palabras y nombres”, inquietudes bonitas acerca de las cuales nada importa lo que usted mantiene y cree.  Pero si usted es un cristiano que medita, es razonable, es sensible, me aventuro a decir que usted encontrará que es valioso tener algunas ideas claras acerca de la santificación.
  1. LA NATURALEZA DE LA SANTIFICACION
La santificación es el trabajo espiritual interior que el Señor Jesucristo hace en un hombre a través del Espíritu Santo, cuando El lo llama a ser un verdadero creyente.  No sólo lo lava de sus pecados con Su propia sangre, sino que lo separa de su amor natural al pecado y del mundo, pone nuevos principios en su corazón y lo vuelve prácticamente devoto en la vida.  El instrumento por el cual el Espíritu realiza este trabajo es generalmente la Palabra de Dios, aunque El a veces usa la aflicción y acciones providenciales “sin la Palabra” (1 Ped 3:1). El resultado de este trabajo de Cristo por medio del Espíritu Santo es llamado en las Escrituras “un hombre santificado”.
Aquel que supone que Jesucristo sólo vivió y murió y se levantó de entre los muertos para entregar justificación y perdón de pecado a Su pueblo tiene aún mucho que aprender.  Quiera que lo sepa o no, con esta suposición está deshonrado a nuestro bendito Señor y haciéndolo sólo un Salvador a medias.  El Señor Jesús ha tomado para sí todo lo que el alma de Su pueblo requiere:  no sólo liberarlos de la culpa de sus pecados por su muerte de expiación sino del dominio de sus pecados poniendo en sus corazones el Espíritu Santo; no sólo para justificarlos sino también para santificarlos. Él es, de este modo, no sólo su “rectitud” sino su “santificación” (1 Cor. 1:30). Oigamos lo que la Biblia dice:  “Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad”, “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a Sí mismo por ella, para que El pueda santificarla y limpiarla”. “Cristo… se dio a sí mismo por nosotros, para que pudiéramos redimirnos de toda iniquidad y purificarnos en Él, como personas especiales, celosas del buen trabajo”.  Cristo … llevó nuestros pecados en Su propio cuerpo, para que nosotros, estando muertos al pecado, viviéramos en rectitud”.  Cristo …“en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de El” (Jn. 17:19, Efe 5:25, 26; Tit. 2:14; 1 Ped. 2:24, Col. 1:22).  Examinemos el significado de estos cinco textos cuidadosamente.  Si las palabras significan cualquier cosa, ellas sí nos enseñan que Cristo considera la santificación no menor que la justificación de su amado pueblo. Ambas son del mismo modo consideradas en ese “pacto eterno ordenado en todas las cosas y por lo demás seguro” del cual Cristo es el mediador.  De hecho, Cristo en un lugar es llamado “El que santifica” y a su pueblo “los que son santificados” (Heb. 2:11).
El tema que abordamos, es de tal profundidad e importancia, que requiere defensas, guardias, despeje y un demarcado en cada uno de sus lados.    Una doctrina que es necesaria para la  salvación nunca podrá ser claramente desarrollada o sacada completamente a la luz.  Para despejar la confusión entre doctrinas y doctrinas,  lo cual es infelizmente común entre los cristianos, y delinear la relación precisa entre verdades y verdades en religión es preciso asir la exactitud de nuestra teología, por lo tanto, no dudaré  poner ante mis lectores una serie de proposiciones y declaraciones conectadas, extractadas de las Escrituras, las cuales serán útiles en definir la exacta naturaleza de la santificación.  Cada proposición está sujeta a ampliación y manejo más profundo y todas ellas merecen el pensamiento y la consideración personal.  Algunas serán objeto de disputas y contraindicaciones sin embargo dudo de que ellas puedan ser desechadas o ser falsas.   Sólo pido para ellas un auditorio justo e imparcial.
1. La santificación es el invariable resultado de la unión vital con Cristo que la verdadera fe da a un cristiano.  “el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto” (Jn 15:5).  La rama que no tiene fruto no es una rama viva de la vid.  La unión con Cristo que no produce ningún efecto en el corazón y en la vida es una unión meramente protocolar, que no tiene valor ante Dios.  La fe que no tiene una influencia santificadora en el carácter no es mejor que cualquier fe en demonios.  Es “una fe muerta, porque está sola”, no una dádiva de Dios.  No es la fe que Dios escoge.  En breve, donde no hay una vida santificada, no existe una fe real en Cristo.  La verdadera fe trabaja por amor. Ésta impele al hombre a vivir en el Señor a partir de un sentido profundo de gratitud por su redención.  Ésta lo hace sentir que nunca puede hacer demasiado por Él, por aquel que murió por él.  Mientras más somos perdonados, más amamos. Aquel a quien la sangre lava camina en la luz. Aquel que tiene una esperanza viva en Cristo se purifica a sí mismo, así como Él es puro (Tit. 1:1, Gal. 5:6, 1 Jn. 1:7; 3:3).
2. La santificación es el resultado y la consecuencia inseparable de la conversión.  Aquel que es nacido de nuevo y hecho una nueva criatura recibe una nueva naturaleza y un nuevo principio, y vive siempre una vida nueva.  Una conversión, que el hombre tiene pero que aún vive descuidadamente en pecado y mundanería, es una conversión inventada, inspirada por teólogos pero nunca mencionada en las Escrituras.  Por el contrario, Juan expresamente dice que “Aquel que es nacido de Dios no comete pecado”.  “Hace justicia”, “Ama a los hermanos”, “Se guarda a sí mismo” y “Vence al mundo” (1 Juan 2:29, 3:9-14, 5:4-18).  Simplemente dicho, la falta de santificación es un signo de no conversión.  Donde no hay una vida santa, no ha habido un nacimiento santo.  Esto es duro de decir pero es una verdad Bíblica.  Cualquiera que es nacido de Dios, está escrito, “No puede pecar porque él es nacido de Dios” (1 Jn 3:9).
3.  La santificación es la única evidencia segura del trabajo del Espíritu Santo,  el cual es esencial para la salvación.  “Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él” (Rom. 8:9).  El Espíritu no permanece quieto ni ocioso dentro del alma: El siempre hace que su presencia sea conocida por el fruto.  Éste guarda el corazón, carácter y vida.  “El fruto del Espíritu”, dice Pablo, “es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; y otras características como esas (Gal 5:22).  Donde se encuentran esas cosas, ahí está el Espíritu.  Donde esas son sólo deseos, los hombres están muertos ante Dios.  El Espíritu es comparado con el viento, y como el viento no puede ser visto con nuestros ojos mortales.  Pero así como sabemos que hay viento por los efectos que éste produce en las olas, los árboles y el humo, así mismo debemos saber que el Espíritu está en un hombre por los efectos que Él produce en la conducta de ese hombre.  Es una tontería suponer que tenemos el Espíritu si no “Caminamos en el Espíritu” también (Gal 5:25).  Podríamos depender de Él como una certeza positiva pero donde no hay vida santa no hay Espíritu Santo.   El sello del Espíritu que estampa Jesús en su pueblo es la santificación.   En la medida que realmente “son guiados por el Espíritu de Dios, ellos”, y solamente ellos,  “son los hijos de Dios”. (Rom. 8:14)
4.  La santificación es la única marca seguridad de la elección de Dios.  Los nombres y cantidad de los escogidos es un secreto que sin duda Dios ha mantenido sabiamente guardado para Sí mismo y no ha revelado a ningún hombre.  No nos ha sido dado a nosotros en este mundo estudiar las páginas del libro de la Vida y ver si nuestros nombres están ahí.  Pero si hay una cosa clara y simple establecida acerca de la elección:    ésta es que los hombres y mujeres escogidos podrán ser conocidos y distinguidos por sus vidas santas.  Está expresamente escrito que ellos son “elegidos a través de la santificación”, “escogidos para salvación a través de la santificación”, “predestinados a ser hechos a imagen del Hijo de Dios”, y “escogidos en Cristo antes de la fundación del mundo para ser santos”.   De ahí que cuando Pablo vio la “fe” laboriosa, el “amor “y la paciente “esperanza” de los creyentes en Tesalónica, él dijo “Conozco su elección de Dios” (1 Ped. 1:2, 2 Tes. 2:13, Rom. 8:29, Efe 1:4-1, 1 Tes. 1:3,4).  Aquel que se jacta de ser un escogido de Dios, y vive voluntaria y habitualmente en pecado, está sólo engañándose a sí mismo y es blasfemo.  Por supuesto, es difícil saber  lo que las personas son realmente y muchos de los que hacen show aparente en religión pueden finalmente ser hipócritas con un corazón podrido.  Pero cuando al menos no hay  evidencia alguna de santificación podemos estar bastante seguros de que no hay elección.  El catecismo de la iglesia 1, correcta y sabiamente, enseña que el Espíritu Santo “santifica a todos los escogidos de Dios”.
5.  La santificación es una realidad que siempre estará a la vista.  Como la gran Cabeza de la iglesia, de quien ésta nace, no “puede ser escondida”.  “Cada árbol es conocido por sus propios frutos” (Luc 6:44).  Una persona realmente santificada puede estar tan vestida de humildad que se ve a sí misma como finita e imperfecta; como Moisés, cuando bajó del monte, él podía no estar consciente de que su rostro resplandecía.  Como el justo, en la potente parábola de las ovejas y las cabras, él no puede ver que haya hecho algo valioso o encomiable a la vista de Su maestro: “¿Cuándo te vimos hambriento y te alimentamos? (Mat 25:37).  Como quiera que él se vea a sí mismo, otros lo verán distinto en su tono, gusto, carácter y hábitos de vida respecto de sus congéneres.   La misma idea de un hombre siendo “santificado”, mientras ninguna santidad puede apreciarse en su vida, es una necedad y un uso inadecuado de las palabras.  La luz puede ser muy difusa pero si hay sólo un destello en una pieza oscura, éste será visto.  El estilo de vida puede ser muy poco convincente, pero aún cuando  el pulso golpee muy levemente, éste será percibido.   Es exactamente lo mismo con un hombre santificado: su santificación será algo que se sentirá y verá aunque él mismo no la entienda.  Un “santo” en el cual nada más que mundanería o pecado puede verse es una clase de monstruo no reconocido en la Biblia!
6.  La santificación es una realidad de la cual cada creyente es responsable.  Al decir esto no quiero que se me malinterprete. Digo, firmemente como cualquiera lo haría, que cada hombre es valioso para Dios y que todos los perdidos estarán enmudecidos  y sin excusa en el último día.  Cada hombre tiene el poder de “perder su propia alma” (Mat. 26:26).  Mientras digo esto, mantengo que todos los creyentes son eminente y peculiarmente responsables y están bajo una obligación especial de vivir vidas santas.   No son como los otros, muertos y ciegos y no convertidos.  Ellos están vivos para Dios, tiene la luz y conocimiento y el nuevo principio dentro de ellos. ¿De quién es la culpa, si ellos no son santos, sino de ellos mismos? ¿A quién ellos pueden culpar si ellos no están santificados, sino a sí mismos?  Dios, quien les ha dado la gracia y un nuevo corazón y una nueva naturaleza,  le ha privado de todas las excusas si ellos no viven Su alabanza.   Este es un punto que ha sido demasiado olvidado.  Un hombre que confiesa ser un verdadero cristiano, mientras permanece quieto, feliz con su pobre grado de santificación (si en realidad  tiene grado alguno, después de todo) y con frialdad expresa que “no puede hacer nada”, es un hombre de una lastimosa visión y muy ignorante.  Contra este delirio, observemos y estemos en guardia.   La Palabra de Dios siempre dirige sus preceptos a los creyentes como seres confiables y responsables.  Si el Salvador de los pecadores nos da una gracia renovada y nos llama por el Espíritu Santo, entonces podemos estar seguros de que Él espera que nosotros usemos esa gracia y no nos durmamos en los laureles.  Es el olvido total de esto lo que causa que muchos creyentes “contristen al Espíritu Santo” y hagan de sí mismos cristianos inútiles y desagradables.
7.  La santificación es una cosa que admite crecimiento y grados.  Un hombre puede elevarse de un escalón a otro en santidad, y puede estar más santificado en período dado de su vida en comparación con otro.  No puede ser más perdonado y más justificado de lo que él es cuando él cree al principio, aunque él sienta más.  Más santificado, ciertamente él puede ser, porque cada don  en su nuevo carácter puede fortalecerse, expandirse y profundizarse. Está el significado evidente de la oración de nuestro Señor por Sus discípulos cuando el usó las palabras “Santifícalos” y de la oración de Pablo a los Tesalonicenses “El mismo Dios de paz los santifique” (Jn 17:17, 1 Tes. 5:23).   En ambos casos la expresión simplemente implica la posibilidad de una santificación incrementada, mientras que una expresión como “justifícalos” no se encuentra ni una vez en las Escrituras aplicada a un creyente porque éste no puede ser más justificado de lo que es.  No puedo encontrar ninguna garantía en las Escritura para la doctrina de “de la santificación imputada”.  Es una doctrina que confunde principios disímiles y que conduce a consecuencias nefastas.  Confunde cosas que difieren y conducen a consecuencias muy malignas. Y no menor, es una doctrina que es rotundamente contradictoria con la experiencia de muchos eminentes cristianos.   Si hay un punto en el cual los hombres más santos de Dios concuerdan es que ellos ven, saben y sienten más y hacen más, se arrepienten más y creen más en la medida en que se internan en la vida espiritual, y en la proporción en que su caminar sea más cercano a Dios.   En breve, ellos “crecen en gracia” como Pablo exhorta a los creyentes a hacer, y “abunden más y más”, de acuerdo a las palabra del mismo Pablo (2 Ped. 3:18, 1 Tes. 4:1)
8. La santificación depende grandemente del diligente uso de los medios escriturales.  Los “medios de gracia” son leer, la oración privada, la adoración regular a Dios en la iglesia, donde uno escucha la Palabra y participa de la “Cena del Señor”.  Deslizo como un hecho simple que ninguno que sea descuidado acerca de estas cosas puede siquiera esperar hacer mucho progreso en su santificación.  No encuentro registro alguno de ningún santo eminente que las haya obviado.   Estos son los caminos señalados a través de los cuales el Espíritu Santo transmite  la gracia fresca al alma y fortalece el trabajo de Aquel que comenzó su labor interna en el hombre.   Dejemos que los hombres llamen a esto doctrina legal si así les place, pero nunca me achicaré en declarar mi creencia de que no hay “ganancia espiritual sin dolor”.   Nuestro Dios es un Dios que trabaja por estos medios, y El nunca bendecirá el alma de un hombre que pretende estar tan alto y ser tan espiritual y que considera que  puede seguir adelante sin ellas.
9.  La santificación no es una cosa que alivie al hombre de tener grandes conflictos espirituales.  Por conflicto quiero decir una lucha dentro del corazón entre la vieja y la nueva naturaleza, la carne y el espíritu, las cuales se encuentran conjuntamente en cada  creyente (Gál. 5:17).  Un gran sentido de lucha y una gran cantidad de incomodidad mental no son prueba de que el hombre no esté santificado.  No, por el contrario, yo creo que estos son síntomas saludables de nuestra condición y prueban que no estamos muertos sino vivos.  Un verdadero cristiano es aquel que no sólo tiene paz de conciencia sino una guerra dentro de sí mismo.  Puede ser conocido tanto por estas batallas como por su paz.  Al decir esto, no olvido que estoy contradiciendo las visiones de algunos bien intencionados cristianos que sostienen la doctrina “perfección sin pecado”, pero no puedo hacer nada al respecto.  Creo que  lo que he dicho está sostenido en el lenguaje de Pablo en el capítulo séptimo de Romanos.  Recomiendo a mis lectores leer cuidadosamente ese capítulo.   Estoy muy satisfecho de que éste no describa la experiencia de un inconverso, o de un cristiano joven e inestable, sino la de un viejo santo experimentado en cercana comunión con Dios.  Ningún otro hombre podría decir “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios” (Rom. 7:22).  Más aún, creo, que lo que digo es probado por la experiencia de todos los más prominentes sirvientes de Cristo que alguna vez vivieron.  La prueba perfecta se puede leer en sus diarios, sus autobiografías y sus vidas mismas.   Creyendo todo esto, nunca dudaré de decir a las personas que los conflictos internos no son prueba de que un hombre no sea santo y que ellos no deben pensar que no están santificados porque no se sienten enteramente libres de sus luchas interiores.  Tal libertad, sin duda, la tendremos en el cielo, pero nunca la disfrutaremos en este mundo. El corazón de los mejores cristianos, en sus mayores momentos, es un campo ocupado por dos rivales, y la “compañía de dos armadas”. Dejemos que las palabras de los artículos 13 y 15 del Libro de Oraciones sean bien consideradas por todos los hombres de iglesia: “La infección de la naturaleza permanece en aquellos que son convertidos.  Aunque bautizados y nacidos nuevamente en Cristo,  nosotros ofendemos en muchas cosas; y si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no es en nosotros”.
10.  La santificación no puede justificar al hombre y sin embargo ésta complace  a Dios.  Las acciones más santas de los santos más santos que alguna vez hayan vivido están, más o menos, llenas de defectos e imperfecciones.  Ya sea que están equivocados en sus motivos o tienen un magro desempeño,  y ellas mismas son nada mejores que “espléndidos pecados”, y merecen la condenación y la ira de Dios.  Suponer que tales acciones pueden resistir la severidad del juicio de Dios,  la expiación de pecados y  merecer el cielo es simplemente absurdo.  “Por las obras de la ley ninguna carne será justificada”.  “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Rom. 3:20-28).  La justicia por la que nosotros podemos presentarnos ante Dios es por la justicia de otro –la perfecta justicia de nuestro Substituto y Representante, Jesucristo el Señor.   Su trabajo es nuestro único pasaje al cielo.  Esta es una verdad  que nosotros deberíamos estar dispuestos a defender a muerte.  Para todo esto, sin embargo, la Biblia enseña expresamente que las acciones santas de un hombre santificado, aunque imperfectas, son vistas con complacencia por Dios.  “Con tales sacrificios se agrada Dios” (Heb. 13:16).  “Obedezcan a sus padres… porque esto agrada a Dios (Col. 3:20).   “Nosotros… hacemos esas cosas que son agradables delante de Él” (1 Jn. 3:22).   No permitamos que esto se olvide porque esta es una doctrina muy agradable.   Así como un padre se complace con los esfuerzos que su hijo hace para agradarlo, aunque sea al recoger una margarita o caminar  a través de la habitación, del mismo modo nuestro Padre en el cielo se agrada con la pobre actuación de Sus hijos creyentes.  Él mira los motivos, principios e intenciones de sus actos y no sólo la cantidad o calidad de ellos.  Él los tiene como miembros de Su propio y querido Hijo, y por Su bien, donde quiera que vaya su mirada, Él se complacerá.  Aquellos miembros que disputen sobre este punto harían bien en estudiar mejor el artículo doce de la Iglesia de Inglaterra 2.
11. La santificación es una cosa que es absolutamente necesaria como testigo de nuestro carácter en el gran Día del Juicio.   Será totalmente inútil abogar que creemos en Cristo a menos que nuestra fe haya tenido algún efecto santificador y haya sido reflejada en nuestras vidas.  Evidencia, sólo la evidencia será lo requerido cuando el gran trono blanco sea establecido, cuando los libros sean abiertos, cuando las tumbas dejen libres a sus arrendatarios, cuando los muertos estén alineados ante la barra de Dios.  Sin alguna evidencia de que nuestra fe en Cristo era verdadera y genuina, nos levantaremos nuevamente para ser condenados.  No encuentro ninguna otra evidencia de admisión, excepto la santificación.  La cuestión no será cómo conversamos y lo que profesamos sino cómo vivimos y qué hicimos.   No dejemos que ningún hombre se engañe sobre este punto.  Si hay algo certero en el futuro, eso es que habrá juicio, y si hay certeza acerca del juicio, es certeza también que las obras y los hechos de los hombres serán considerados y examinados en éste.  (Jn 5:29, 2 Cor. 5:10, Apo 20:13).  Aquel que supone que las obras no tienen ninguna importancia porque no nos justifican, es un cristiano ignorante.  A menos que abra sus ojos, él descubrirá a su costo, cuando  se enfrente al juicio de Dios sin alguna evidencia de gracia, que le hubiera sido mejor no haber nacido nunca.
12.  La santificación es, en último lugar, absolutamente necesaria para entrenarnos y prepararnos para nuestra entrada al cielo.   Muchos esperan ver el cielo cuando mueran, pero pocos –se debe temer- se toman el problema de considerar si ellos disfrutarán el cielo si es que llegan allí.   El cielo es, esencialmente,  un lugar santo, sus habitantes son todos santos, sus ocupaciones son todas santas.  Para estar realmente felices en el cielo,  está claro y es simple que debemos de alguna forma entrenarnos y prepararnos para ello mientras estamos en la tierra.  La noción del purgatorio después de la muerte, el cual volverá a los pecadores santos es una falsa ilusión y en absoluto bíblica.   Debemos ser santos antes de morir y vamos a ser santos en la gloria posteriormente.  La idea preferida de muchos es que los moribundos no necesitan nada más que la absolución y perdón de pecados para prepararlos para su gran cambio, lo que es una  profunda falacia.  Necesitamos del trabajo del Espíritu Santo así como del de Cristo, necesitamos la renovación de los corazones así como de la expiación de la sangre, necesitamos ser santificados tanto como justificados.  Es común oír a la gente decir en su cama de moribundos  “Sólo deseo que Dios perdone mis pecados y me haga descansar”.  ¡Pero aquellos que dicen tales cosas se olvidan de que el descanso en el cielo será enteramente inútil si no tenemos corazones para disfrutarlo!  ¿Qué podría un hombre no santificado hacer en el cielo, si por alguna razón llega hasta allí? Miremos el asunto con imparcialidad.  Ningún hombre podrá encontrar felicidad en un lugar donde él no está en su elemento, y donde todo lo que lo rodea no concuerda con sus gustos, hábitos y carácter.  Sólo cuando un águila sea feliz en una jaula de acero;  cuando una oveja sea feliz en el agua; cuando un búho sea feliz en el mediodía a pleno sol; cuando un pez sea feliz en tierra seca – entonces y sólo entonces-  admitiría que un hombre no santificado pudiera ser feliz en el cielo.
2. LA EVIDENCIA VISIBLE DE LA SANTIFICACION
¿Cuáles son las marcas visibles en un hombre santificado?  ¿Qué esperaríamos ver en él?  Esta es una arista muy amplia y complicada del tema.  Es amplia porque ello requiere mencionar muchos detalles que no pueden manejarse completamente en los límites que impone un mensaje como este.  Es difícil porque no puede ser abiertamente  tratada sin ofender a nadie.   Pero la verdad debe decirse a pesar del riesgo, y una  verdad de esta magnitud debe ser dicha especialmente en nuestros días.
  1. La verdadera santificación no consiste en hablar de religión simplemente.  Este un punto que nunca debe ser echado al olvido.  El vasto aumento en educación y prédicas en los últimos tiempos hace absolutamente necesario elevar una voz de advertencia.  Las personas oyen mucho de la verdad del evangelio y ellos contraen  una familiaridad no santa con sus palabras y frases, y algunas veces hablan con fluidez acerca de sus doctrinas de forma tal  que puede pensarse que son verdaderos cristianos.   Un hecho que enferma y disgusta oír es el lenguaje sereno y frívolo que muchos utilizan para referirse a la “conversión”, “el Salvador”, “el evangelio”, la” paz encontrada”,  “gracia gratuita” y todo lo parecido a eso, mientras ellos están visiblemente viviendo en el pecado y en el mundo. ¿Podemos dudar que una conversación de ese tipo es abominable a la vista de Dios y que es un poco menor que maldecir, jurar y tomar el nombre de Dios en vano?  La lengua no es el único miembro que Cristo declara darnos para Su servicio.  Dios no desea que Su pueblo sea sólo tubos vacíos, agradables bronces y tintineantes címbalos.  Debemos ser santificados no sólo “en la palabra y la lengua, sino en buenas obras y en verdad” (1 Jn 3:18).
  1. La santificación no consiste en sentimientos religiosos temporales.   Este es nuevamente un punto acerca del cual una advertencia es profundamente necesaria.   Servicio de misiones y reuniones de avivamiento están atrayendo mucha atención en cada parte de la tierra y producen gran sensación.   La Iglesia de Inglaterra parece haber tomado un estilo de vida y exhibe nueva actividad, y debemos agradecer a Dios por ello, pero estas cosas conllevan sus peligros así como sus ventajas.  Donde quiera que se siembra el trigo, es por seguro que el diablo sembrará cizaña.   Se puede esperar que muchos parecerán estar conmovidos y tocados y  levantados por el efecto de la predicación del evangelio mientras que, en realidad, sus corazones no cambian en absoluto.  Una especie de excitación animal, que proviene del contagio de ver a otros llorando, regocijándose o conmovidos, es la verdadera razón de sus casos.   Sus heridas son sólo leves y la paz que dicen sentir es también a flor de piel.   Como los oyentes en los pedregales, ellos reciben la Palabra con gozo (Mat 13:20) pero luego se apartan y vuelven al mundo, y se ponen más duros y peor que antes.  Como la calabaza de Jonás, ellos súbitamente, se  levantan  y mueren en una noche.   No dejemos que se olviden estas cosas.  Estemos alerta en ese día de sanación de heridas leves y del grito de “paz, paz”, cuando no hay paz alguna.  Urjámonos cuando alguien muestra un nuevo interés en la religión para que él que no esté satisfecho con ninguna otra que no provenga del trabajo profundo y sólido de santificación del Espíritu Santo.  La reacción, luego de la falsa excitación religiosa, es la enfermedad más mortal del alma.  Cuando el demonio es sólo temporalmente echado fuera de un hombre al calor de un reavivamiento,  regresa constantemente a su casa,  haciendo que el último estado se vuelva peor que el primero.  Millón de veces es mejor comenzar tranquilamente, y luego “continuar firmemente en la Palabra” que comenzar apurados sin considerar el costo de mirar hacia atrás, como la esposa de Lot, y volver al mundo.  Declaro ahora que no conozco un estado del alma más peligroso que imaginar que fuimos nacidos de nuevo y santificados por el Espíritu Santo porque hemos sido presa de  unos pocos sentimientos religiosos.
3.  La verdadera santificación no consiste en formalismo y devoción externos.  Esta es una enorme ilusión, pero infelizmente una muy común.  Miles parecen imaginar que la verdadera santidad se refleja en una excesiva cantidad de religión corporal con constantes asistencias a los servicios de la iglesia, participar en la Cena del Señor y la observancia de fiestas y días especiales, en múltiples reverencias, giros, gestos y posturas durante la adoración, en usar determinada ropa, y usar fotos y cruces.   Admito abiertamente que algunas personas hacen estas cosas por motivos de conciencia y realmente creen que ellas ayudan  a su alma.  No obstante, temo que en muchos casos esta religiosidad externa es un sustituto para la santidad interior, y estoy bastante cierto que no es útil para la santificación de corazón.  Más que todo, cuando veo que varios seguidores de este tipo de cristiandad externa, sensual y de protocolo están absorbidos en la mundanería y su cabeza está de lleno en su pompa y vanidad sin vergüenza.  Siento que existe la necesidad de hablar claramente sobre esto. Habrá una inmensa cantidad de servicio corporal  mientras no exista ni una traza de real santificación.
4.  La santificación no consiste en el retiro de nuestro lugar en la vida y la renuncia a nuestros deberes sociales.   En cada época ha sido un cepo para muchos tomar esta línea de comportamiento para conseguir la santidad.  Cientos de ermitaños se han enterrado a sí mismos en la jungla, y miles de hombres y mujeres se han encerrado entre las paredes  de un monasterio o conventos bajo la vana idea que haciendo eso ellos se escaparían del pecado y se volverían inminentemente santos.  Ellos han olvidado que ningún cerrojo o barrera puede mantener al demonio fuera y que, donde quiera que vayamos  llevamos con nosotros las raíces de todo lo malo, en nuestros propios corazones.   Volverse un monje o una monja o integrarse a una “casa de misericordia” no es el camino principal a la santificación.  La verdadera santidad no hace que los cristianos evadan las dificultades sino enfrentarlas y sobrepasarlas.  Cristo hubiera querido que Su pueblo mostrara  que Su gracia no es una planta ornamental que puede crecer con fuerza bajo amparo, sino más bien una cosa fuerte, dura que puede florecer con cada relación de vida.  Es sólo cumplir con nuestro deber en el estado en que Dios nos ha llamado, ser como la sal en medio de la corrupción o la luz en medio de la oscuridad, que son los elementos primordiales de la  santificación.  No es el hombre que se esconde en su cueva sino aquel que glorifica a Dios, como  maestro o sirviente, padre o hijo, en la familia y en la calle, en los negocios y en el comercio, el que es el modelo de hombre santificado que dicen las Escrituras.   Nuestro Maestro mismo dijo en Su última oración: “No oro para que los saques del mundo sino para que los guardes del mal” (Jn 17:15).
5.  La santificación no es meramente un desempeño ocasional de buenas acciones.  Por el contrario, es el continuo trabajo de un nuevo principio celestial interior que fluye a través de nuestra conducta diaria en todo lo que hacemos, grande o pequeño.  No es como una bomba que sólo envía agua cuando se la activa, sino como una fuente perpetua de la cual  un caudal está siempre fluyendo, espontánea y naturalmente.  Como Herodes, cuando oyó que Juan el Bautista “hizo muchas cosas”, pero su corazón estaba irremisiblemente equivocado ante los ojos de Dios (Mar 6:20).  De igual modo  son los resultados de las personas en los presentes días que parecen tener ataques espasmódicos de “bondad”, como lo llamamos, y  hacen muchas cosas correctas bajo la influencia de la enfermedad, aflicción, muerte en la familia, calamidades públicas o en un reparo súbito de conciencia.  Un observador inteligente puede ver claramente, todo el tiempo, que esas personas no son convertidas y que ellas no saben nada de “santificación”.  Un verdadero santo, como Ezequías, lo será de todo corazón.  El considerará los mandamientos de Dios en todas las cosas para ser correcto y “detesta cualquier camino falso” (2 Cro 31:21, Sal 119:104).
6.  La genuina santificación se mostrará por sí misma en nuestro habitual  respeto a las leyes de Dios y nuestro habitual esfuerzo de vivir en obediencia a ella, como una regla de vida.  No hay error más grande que suponer que un cristiano no tiene nada que ver con la ley y los Diez Mandamientos porque no puede ser justificado al observarlos.  El mismo Espíritu Santo que convence al creyente de pecado por la ley y lo conduce a Cristo para justificación siempre lo guiará al uso espiritual de ley, como una guía amistosa, en busca de la santificación.  Nuestro Señor Jesucristo nunca minimizó los Diez Mandamientos, por el contrario, en su primer discurso público, el Sermón del Monte,  El los habló y mostró la naturaleza escrutadora de sus requerimientos.  Pablo nunca alivianó la ley, por el contrario, él dice “La ley es buena si el hombre la usa legítimamente”. “Me deleito en la ley de Dios según el hombre interior” (1 Tim 1:8, Rom. 7:22).  Aquel que pretende ser un santo, mientras se burla de los Diez Mandamientos y piensa sólo en mentir, es hipócrita, estafa, tiene mal temperamento, difama, se embriaga y viola el séptimo mandamiento, está bajo una ilusión espantosa.  ¡Encontrará que es duro de probar que él es “santo” en el último día!
7. Una genuina santificación se mostrará a sí misma en un comportamiento habitual para hacer la voluntad de Cristo y para vivir por Sus preceptos prácticos.  Estos preceptos prácticos se encuentran dispersos en todos los cuatro Evangelios y especialmente en el Sermón del Monte.  Quien supone que ellos fueron hablados sin la intención de promover la santidad y que un cristiano no necesita hacerse cargo de ellos en su vida diaria es realmente un poco menos que un lunático y, a toda prueba, es una persona de sumo ignorante.  ¡Al escuchar a algunos hombres conversar y leer basados en los escritos de algunos otros hombres,  uno puede imaginar que nuestro bendito Señor cuando estuvo en la tierra nunca enseñó nada más que doctrina dejando en manos de otros el deber de la enseñanza práctica!   El más mínimo conocimiento de los cuatro Evangelios debería decirnos que esto es un completo error.   Lo que Sus discípulos deben ser y hacer es continuamente presentado por las enseñanzas de nuestro Señor.  Un hombre verdaderamente santificado nunca olvidará esto.  Él sirve a un Maestro que dijo: “Ustedes son mis amigos, si ustedes hacen lo que yo les mando” (Jn. 15:14).
8.  Una genuina santificación se mostrará a sí misma en un deseo habitual de vivir a la altura de los estándares que Pablo puso ante las iglesias en sus escritos, que es el estándar que se encuentra en los capítulos finales de casi todas sus epístolas.  La idea que prevale en este último tiempo y que es común a muchas personas es que los escritos de Pablo están llenos de nada más que declaraciones doctrinales y temas controversiales –justificación, elección, predestinación, profecía y cosas como esas, lo que es completamente una ilusión y la triste prueba de la ignorancia sobre las Escrituras.  Desafío a cualquiera  a leer cuidadosamente los escritos de Pablo y encontrará en ellos una gran cantidad de simples directrices prácticas  acerca del deber de un cristiano en cada relación de su vida y sobre sus diarios hábitos, temperamento y comportamiento, los unos con los otros.  Estas directrices fueron escritas por la inspiración de Dios para la guía perpetua de los cristianos profesantes.  Aquel que no las atiende puede, posiblemente,  ser un miembro activo de la iglesia o de una congregación pero, sin duda, no es lo que la Biblia llama un hombre “santificado”.
perdon1 9.  Una genuina santificación se mostrará a sí misma en la atención habitual a los dones activos que nuestro Señor tan bellamente ejemplificó, y especialmente al don de la caridad.  “Un mandamiento nuevo les doy: Que se amen  unos a otros; como yo los he amado, que también se amen unos a otros. En esto conocerán todos los hombres que ustedes son Mis discípulos, si tienen amor los unos con los otros” (Jn 13:34, 35).  Un hombre santificado intentará hacer el bien en el mundo y disminuir el dolor y  aumentar la felicidad alrededor suyo.  Él se enfocará en ser como su Maestro, lleno de bondad y amor por todos –y  no es una palabra solamente cuando llamamos a la gente “querida”- sino por hechos y acciones y abnegación,  en la medida en que tenga la oportunidad.  El profesor cristiano orgulloso, quien se envuelve a sí mismo en su concepto de superioridad de conocimiento y parece no importarle nada si los otros se hunden o nadan, van al cielo o al infierno, a medida que camina hacia la iglesia en su mejor domingo y se llama un “potente miembro” – tal hombre no sabe nada de santificación.
10.  En el último lugar, una genuina santificación se mostrará a sí misma en una habitual atención a los dones pasivos de la cristiandad.  Cuando hablo de dones  pasivos, me refiero a esos dones que están  especialmente presentes  en la sumisión a la voluntad de Dios, y en soportarse y tolerarse los unos a los otros.  Pocas personas, quizá, al menos que hayan examinado el punto, tienen una idea de cuánto se dice acerca de estos dones  en el Nuevo Testamento y cuán importante rol parecen tener.  Este es un punto especial del cual Pablo se preocupa encomendándonos tomar nota de los ejemplos que nuestro Señor Jesucristo:  “Cristo  también sufrió por nosotros, dejándonos ejemplo, que ustedes deben seguir su pasos,  aquel que no cometió pecado, ni se halló engaño en su boca;  quien, cuando fue injuriado, no respondió con injurias; cuando sufrió, no amenazó sino encomendaba a Aquel que juzga justamente” (1 Ped 2:21-23).  Esta es “la” clave de profesión que la oración del Señor requiere que nosotros hagamos “Perdona nuestras transgresiones, así como nosotros perdonamos a nuestros transgresores”, y “el” punto que es observado al final de la oración.  Este es el punto que ocupa un tercio de la lista de los frutos del Espíritu entregados por Pablo.  Nueve son señalados y tres de éstos, paciencia, benignidad, bondad son incuestionablemente dones pasivos (Gál. 5:22,23).  Debo decir abiertamente que este es un tema no suficientemente considerado por los cristianos.  Los dones pasivos, sin duda, son más difíciles de asir en comparación con los dones activos, pero son precisamente los dones que tienen la mayor influencia en el mundo.  Una cosa es segura para mí: es una tontería pretender la santificación a menos que persigamos la bondad, benignidad, paciencia y perdón de las cuales la Biblia dice mucho.  Las personas que habitualmente regalan malhumor y enfado en su vida diaria y son constantemente ácidas con sus lenguas y desagradables con todos quienes las rodean, personas rencorosas, personas vengativas y revanchistas, personas maliciosas –de las cuales, alas, el mundo está simplemente lleno- saben muy poco como debieran saber sobre la santificación.
3. LA DISTINCION ENTRE JUSTIFICACION Y SANTIFICACION
En último lugar, propongo considerar la distinción entre justificación y santificación.  ¿Dónde son concordantes y en qué ellas difieren?
Esta arista del tema es muy importante, aunque –me temo- no lo parece ser para todos mis lectores.  Lo abordaré brevemente porque no puedo pasar sobre él.   Muchos son aptos para mirar nada más que la superficie de las cosas religiosas y referirse a lindas distinciones en teologías como cuestiones de “palabras y nombres”, las cuales son de un valor real pequeño.  Advierto a todos aquellos que están fervientemente ocupados de sus almas que la incomodidad que asoma de no “distinguir cosas que difieren” en la doctrina Cristiana es bastante grande en realidad; y especialmente les aconsejo, si aman la paz, buscar  visiones claras de esta materia que abordamos.   Debemos recordar siempre que la justificación y la santificación son dos cosas bien diferenciadas.  Aunque existen puntos de concordancia entre ellas también los hay que las hacen diferir.  Tratemos de encontrar cuáles son esos puntos.
En consecuencia, ¿en qué  SON SIMILARES la justificación y la santificación?
  1. Ambas provienen originalmente de la libre gracia de Dios.   Es Su regalo exclusivo para  los creyentes justificados o santificados.
  2. Ambas son parte de la gran labor de salvación que está en Cristo, en el pacto eterno, que El ha asumido en nombre de Su pueblo.  Cristo es una fuente de vida de la cual el perdón y la santidad fluyen.  La raíz de ambas es Cristo.
  3. Ambas se encontrarán en las mismas personas.  Aquellos que son justificados son siempre santificados, y aquellos que son santificados son siempre justificados.  Dios las ha puesto juntas, no pueden separarse.
  4. Ambas comienzan al mismo tiempo.  En el momento en que una persona es justificada también comienza a ser una persona santificada.  Puede que no lo sienta, pero es un hecho.
  5. Ambas son necesarias para la salvación.  Nunca nadie alcanzó el cielo sin un corazón renovado y el perdón, sin la gracia del Espíritu y la sangre de Cristo, sin idoneidad para la gloria eterna y un título.  La una es tan necesaria como la otra.
Esos son los puntos en las cuales la justificación y la santificación concuerdan.  Revisemos ahora el panorama y veamos DÓNDE DIFIEREN:
  1. La justificación es un cálculo y recuento de la rectitud de un hombre para bien de otros, aún en Cristo Jesús  el Señor.  La santificación es la que hace realmente al hombre recto en su interior, aunque pueda ser en un grado débil.
  2. La rectitud que tenemos por nuestra justificación no nos pertenece.  La infinita y perfecta rectitud es de nuestro gran Mediador Cristo, imputada a nosotros y es hecha nuestra por fe.  La rectitud que tenemos por santificación es nuestra propia rectitud, impartida, inherente y forjada en nosotros por el Espíritu Santo pero se mezcla con nuestra finitud e imperfección.
  3. En la justificación nuestras obras no tienen lugar alguno, y la simple fe en Cristo es la única cosa necesaria.  En la santificación nuestras obras son de suma importancia, y Dios nos ofrece luchar y buscar y orar y esforzarnos y tomar los dolores y el trabajo.
  4. La justificación es un trabajo completo y terminado y un hombre es perfectamente justificado en el momento en que él cree.  La santificación es un trabajo imperfecto, comparativamente, y nunca será perfecto hasta que alcancemos el cielo.
  5. La justificación no admite crecimiento o desarrollo: un hombre está igualmente justificado en la hora en que vino a Cristo por fe como lo estará en toda la eternidad.   La santificación es eminentemente un trabajo progresivo y admite un crecimiento y una expansión continua en la medida en que el hombre vive.
  6. La justificación tiene especial relación con nosotros, con nuestra posición delante de Dios y nuestra liberación de la culpa.   La santificación tiene especial relación con nuestra naturaleza y la renovación moral de nuestros corazones.
  7. La justificación nos da nuestro título para el cielo y la audacia para entrar a él.   La santificación nos entrega idoneidad para el cielo y nos prepara para disfrutarlo cuando estemos allí.
  8. La justificación es el acto de Dios sobre nosotros y no es fácilmente distinguido por otros.  La santificación es el trabajo de Dios en nosotros y sus manifestaciones en nosotros no pueden estar escondidas a los ojos de los hombres.
Encomiendo estas distinciones a la atención de todos mis lectores y les pido ponderarlas muy bien.  Estoy convencido de que una gran causa de las tinieblas y de  los sentimientos de incomodidad de muchas personas bien intencionadas en materias de religión, es debido al hábito de confundir y no distinguir entre justificación y santificación.  Nunca podrá ser suficientemente “machacado” en las mentes de que ellas son dos cosas separadas.  Sin duda que no puede dividirse y cualquiera que es participante de ellas es una parte de ambas, nunca debe confundírselas y  nunca olvidarse de la distinción que hay entre ellas.
La naturaleza y marcas visibles de la santificación han sido traídas ante nosotros. ¿Qué reflexiones prácticas debe todo este asunto traer a nuestras mentes?
1.  Una cosa, todos debemos despertar al sentido del estado peligroso de muchos cristianos profesantes.  Sin santidad ningún hombre verá a Dios;  sin santificación no hay salvación (Heb 12:14).  En consecuencia, ¡qué enorme cantidad de  las  mal llamadas religiones existe y que son perfectamente inútiles!  ¡Qué una inmensa proporción de los que van al templo están en el camino ancho que conduce a la destrucción!  El pensamiento es horrible, aplastante y abrumador.  ¡Oh si los predicadores y maestros abrieran sus ojos y se dieran cuenta de la condición de las almas que los rodean!  ¡Oh si los hombres pudieran ser persuadidos de “escapar de  la ira que viene!   Si almas no santificadas pueden ser salvadas e ir al cielo, entonces la Biblia no es verdad. ¡Sin embargo la Biblia es verdad y no puede mentir!  ¡Cómo debe ser el fin!
2.  Hagamos trabajo seguro de nuestra propia condición y nunca descansemos sino hasta que sintamos y sepamos que estamos “santificados” nosotros mismos.  ¿Cuáles son nuestros gustos y  opciones y aficiones e  inclinaciones?  Esta es una gran pregunta de testeo.  Importa poco lo que deseemos y lo que esperamos y lo que queramos ser antes que muramos. ¿Qué somos ahora?  ¿Qué hacemos? ¿Estamos santificados o no? Si no lo estamos, la culpa es toda nuestra.
3. Si quisiésemos estar santificados, nuestro curso es claro y simple: debemos comenzar con Cristo.  Debemos ir a Él como pecadores, con un ruego de urgencia, y vaciar nuestras almas en Él por fe, por paz y reconciliación con Dios.   Debemos ponernos nosotros mismos en Sus manos, como en las manos de buen médico, y rogar a Él por misericordia y gracia.  No necesitamos esperar por una recomendación.  El primer paso hacia la santificación, no menor que la justificación, es ir con fe a Cristo.  Debemos primero vivir para luego trabajar.
4. Si creciéramos en santidad,  volviéndonos  más santificados,  debemos siempre continuar como comenzamos y ser siempre hacedores  con renovada diligencia  ante Cristo.  Él es la Cabeza de la cual cada miembro se abastece (Efe. 4:16).  Vivir una vida diaria de fe en el Hijo de Dios y desplegar la llenura de su gracia prometida y fortaleza – las que Él ha guardado para Su pueblo-  es el gran secreto de la santificación progresiva.   Los creyentes que parecen quietos generalmente están rechazando una comunión cercana con Jesús y contristan al Espíritu.  Aquel que oró “Santifícalos” en la última noche antes de Su crucifixión está infinitamente deseoso de ayudar a todos quienes por fe le piden ayuda y desean ser más santos.
5.  No esperemos mucho de nuestro propio corazón.  A lo más encontraremos en nosotros mismos causas de humillación y descubriremos que somos deudores necesitados de misericordia y gracia cada hora  del día.  Mientras más luz tengamos, más veremos nuestra propia imperfección.   Fuimos pecadores cuando iniciamos el camino y pecadores nos encontraremos a nosotros mismos a medida que avanzamos:  renovados, perdonados, justificados y aún así pecadores hasta el  final.  Nuestra perfección absoluta está aún por venir, y las expectativas de ella es la razón por la que debiéramos anhelar el cielo.
6.  Finalmente, nunca estemos avergonzados de alcanzar mayor santificación y por luchar por un alto estándar de santidad.  Mientras algunos están satisfechos con un miserable y bajo grado de logro y otros no se sienten avergonzados de vivir sin santidad en absoluto, contentos con sus visitas al templo pero nunca perseverando, como un caballo en un molino, nosotros permanezcamos en las viejos sendas, busquemos la eminente santidad por nosotros mismos y recomendémosla valientemente otros.  Esta es la única forma de ser realimente felices.
Sintámonos convencidos, no importa lo que los otros digan, que la santidad es felicidad y que el hombre que logra ir por la vida más cómodamente es el hombre que es santificado.  Sin duda que existen algunos cristianos verdaderos, que por enfermedad o pruebas de familia, u otras causas secretas, disfrutan del sensible consuelo y van de luto todos los días en su camino al cielo, pero estos son casos excepcionales.   Como una regla general, en la carrera larga de la vida,  será probadamente verdadero que las personas santificadas son las personas más felices de la tierra.   Ellos tienen consuelo sólido que el mundo no les puede dar ni quitar.  “Los caminos de la sabiduría son caminos de agrado”.  “Gran paz tienen aquellos que aman Tu ley”.  Fue dicho por Aquel que no puede mentir: “Mi yugo es fácil y Mi carga es liviana”.  Pero también está escrito “Que no hay paz en los malvados”  (Prov. 3:17, Sal 119:165, Mat 11:30, Isa 48:22).
 
Notas al pie de página:
1 Catecismo: Libro de instrucción elemental que contiene la doctrina cristiana, escrito con frecuencia en forma de preguntas y respuestas.
2 Libro de Oración – Artículo XII. De las buenas obras. Aunque las buenas obras, que son fruto de la fe y siguen a la justificación, no pueden expiar nuestros pecados, ni soportar la severidad del juicio divino, son, no obstante, agradables y aceptables a Dios en Cristo, y nacen necesariamente de una verdadera y viva fe; de manera que por ellas la fe viva puede conocerse tan evidentemente como se juzga al árbol por su fruto.

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Capitulo 2 del libro Santidad de J.C Ryle. Estoy tomando la traducción del Blog Descubriendo El Evangelio y ha sido traducido por Erika Escobar

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