El Credo Atanasiano (Greg Uttinger)

El Credo Atanasiano

Aunque lleva el nombre de San Atanasio, el Credo Atanasiano nos llega de otra mano y de una era posterior. Su autor real es desconocido, pero el Credo parece haberse originado en la Galia o en el Norte de África a mediados del siglo quinto. Se halla en la tradición de San Agustín de Hipona y toma prestado libremente de sus escritos. Hace eco también de las victorias de Éfeso y de Calcedonia. Aunque el Credo no fue el producto de un concilio eclesiástico, fue usado extensamente por la iglesia medieval en el Occidente y después fue adoptado generalmente por las iglesias de la Reforma. Debido a que el Credo enseña la procesión del Espíritu desde el Hijo lo mismo que del Padre, ha sido usado en Oriente sólo ligeramente y en una forma alterada.

El Credo consiste de dos secciones, el primero sobre la doctrina de la Trinidad, el segundo sobre la Encarnación. Cada sección comienza con una advertencia de que la creencia correcta es necesaria para la salvación. El Credo termina con una advertencia similar. Estas así llamadas “cláusulas condenatorias” han sido ellas mismas, a menudo, condenadas, no tanto porque sus críticos pongan en duda los puntos específicos de la fe, sino porque esos críticos parecen ofendidos frente a la idea de que Dios pudiera realmente vincular la salvación celestial con la aceptación de dogmas específicos.[i]

El Credo, claro está, no requiere que todos los Cristianos entiendan plenamente las complejidades e implicaciones de la ortodoxia Trinitaria. Sí, un creyente ignorante puede hablar en, digamos, términos Sabelianos porque no ha sido enseñado en una mejor manera.

Él puede en su ignorancia comparar a la Trinidad con un huevo o un árbol. El Credo no aborda tal ignorancia; se dirige al rechazo absoluto de la verdad por parte de aquellos que tienen todas las razones para conocerla mejor. Hay pecados del intelecto, y el Credo pone esto muy en claro.[ii]

El Credo declara:

Todo el que quiera salvarse, debe ante todo mantener la Fe Universal. El que no guardare ésta Fe íntegra y pura, sin duda perecerá eternamente. Y la Fe Universal es ésta: que adoramos a un solo Dios en Trinidad, y Trinidad en Unidad, sin confundir las Personas, ni dividir la Sustancia. Porque es una la Persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo; mas la Divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu es toda una, igual la Gloria, coeterna la Majestad. Así como es el Padre, así el Hijo, así el Espíritu Santo.

Increado es el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo.

Incomprensible es el Padre, incomprensible el Hijo, incomprensible el Espíritu Santo. Eterno es el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo.

Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno; como también no son tres incomprensibles, ni tres increados, sino un solo increado y un solo incomprensible. Asimismo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. Y sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios. Así también, Señor es el Padre, Señor es el Hijo, Señor es el Espíritu Santo. Y sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor. Porque así como la verdad cristiana nos obliga a reconocer que cada una de las Personas de por sí es Dios y Señor, así la religión Cristiana nos prohíbe decir que hay tres Dioses o tres Señores. El Padre por nadie es hecho, ni creado, ni engendrado. El Hijo es sólo del Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado.

El Espíritu Santo es del Padre y del Hijo, no hecho, ni creado, ni engendrado, sino procedente. Hay, pues, un Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos. Y en esta Trinidad nadie es primero ni postrero, ni nadie mayor ni menor; sino que todas las tres Personas son coeternas juntamente y co-iguales. De manera que en todo, como queda dicho, se ha de adorar la Unidad en Trinidad, y la Trinidad en Unidad. Por tanto, el que quiera salvarse debe pensar así de la Trinidad.

Además, es necesario para la salvación eterna que también crea correctamente en la Encarnación de nuestro Señor Jesucristo. Porque la Fe verdadera, que creemos y confesamos, es que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y Hombre; Dios, de la Sustancia del Padre, engendrado antes de todos los siglos; y Hombre, de la Sustancia de su Madre, nacido en el mundo; perfecto Dios y perfecto Hombre, subsistente de alma racional y de carne Humana; igual al Padre, según su Divinidad; inferior al Padre, según su Humanidad. Quien, aunque sea Dios y Hombre, sin embargo, no son dos, sino un solo Cristo; uno, no por conversión de la Divinidad en carne, sino por la asunción de la Humanidad en Dios; uno totalmente, no por confusión de Sustancia, sino por unidad de Persona. Pues como el alma racional y la carne es un solo hombre, así Dios y Hombre es un solo Cristo; El que padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, resucitó al tercer día de entre los muertos. Subió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre, Dios Todopoderoso, de donde ha de venir a juzgar a vivos y muertos. A cuya venida todos los hombres resucitarán con sus cuerpos y darán cuenta de sus propias obras. Y los que hubieren obrado bien irán a la vida eterna; y los que hubieren obrado mal, al fuego eterno. Esta es la Fe Universal, y quien no lo crea fielmente no puede salvarse.

El Credo rechaza tanto al Sabelianismo como al politeísmo con las palabras, “sin confundir las Personas, ni dividir la Sustancia.” De igual manera afirma la Encarnación con una fórmula que asesta un golpe tanto a la herejía Monofisita como a la Nestoriana: “uno totalmente, no por confusión de Sustancia, sino por unidad de Persona.” Aunque el Credo evita la controversial palabra “theotokos,” nos da la Cristología de Éfeso y de Calcedonia en términos nada ambiguos. Pero es en la primera sección sobre la Trinidad donde el Credo va más allá de la obra de los concilios ecuménicos hacia una teología más madura.

 

Trinitarianismo Maduro

El Credo Atanasiano es mucho más riguroso y detallado en su doctrina de la Trinidad de lo que es el Credo Niceno. Mientras que Nicea y Constantinopla confesaron la verdadera deidad del Hijo y del Espíritu Santo, dejaron lugar para la subordinación del Hijo al Padre y del Espíritu Santo a ambos. Todas las herejías que plagaban la iglesia primitiva requerían alguna forma de subordinación de esencia en la Trinidad. Es decir, cada una de ellas buscaba disminuir la deidad del Hijo y del Espíritu. El Padre era “realmente” Dios y el Hijo y el Espíritu eran emanaciones o proyecciones menores. Tal entendimiento de Dios era necesario, así afirmaban los herejes, para evitar un retorno al politeísmo y para guardar la dignidad de la Deidad y la racionalidad de la teología Cristiana.

Pero el subordinacionismo constituye, de hecho, una guerra contra Dios. Asesta un golpe a la comunión y a la comunicación que existe en la Trinidad, dejando a Dios silencioso y remoto. Priva al Hijo de su poder salvador, convirtiéndolo en un hijo entre muchos posibles hijos. El subordinacionismo conduce necesariamente a la fragmentación de la verdad, a la salvación por obras, a mesías alternos, y a la deificación del Estado. “El resultado inevitable de todo subordinacionismo es otro salvador.”[iii]

El Credo Atanasiano afirma la igual deidad de todas las Tres Personas. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son co-iguales en naturaleza, majestad y gloria. Cada uno posee la esencia divina en toda su plenitud. Cada Persona es verdadera y plenamente Dios. Pueden ser distinguidos solo por sus propiedades personales: el Padre “por nadie es hecho, ni creado, ni engendrado”; el Hijo es “del Padre… no creado sino engendrado”; el Espíritu Santo “es del Padre y del Hijo, ni hecho ni creado ni engendrado, pero procedente.” Las confesiones Protestantes posteriores han añadido poco a esta descripción de la Trinidad.

Por ejemplo, la Confesión de Ausburgo (1530) dice:

Nosotros, unánimemente sostenemos y enseñamos, en concordancia con el decreto del Concilio de Nicea, que hay una esencia divina, que es llamada y que es verdaderamente Dios, y que hay tres personas en esta única esencia divina, igual en poder e igualmente eternas: Dios el Padre, Dios el Hijo, Dios el Espíritu Santo. Todos los tres son una esencia divina, eterna, sin división, sin fin, de poder, sabiduría y bondad infinitas, un creador y preservador de todas las cosas visibles e invisibles. La palabra “persona” ha de entenderse como los Padres emplearon el término en esta conexión, no como una parte o una propiedad de otro sino como aquello que existe en sí mismo.

Y la Confesión de Fe de Westminster (1646) nos dice:

En la unidad de la Divinidad hay tres Personas, de una sustancia, poder y eternidad; Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. El Padre no es engendrado ni procede de nadie; el Hijo es eternamente engendrado del Padre, y el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo.

Sin embargo, debemos ser cuidadosos de no pensar que nuestras confesiones han conseguido expresar todo lo que hay que decir con respecto a Dios, mucho menos todo lo que Dios conoce de Sí mismo. Por ejemplo, “Un Dios, tres Personas” no significa que tenemos un Dios de tres cabezas, tres personalidades separadas que comparten alguna sustancia abstracta en común. Dios es simple en Su esencia y no tiene partes. No hay tres voluntades o tres inteligencias en la Sustancia de Dios, sino que cada Persona posee todos los atributos divinos total e igualmente. O para ver la doctrina desde otra dirección, la Escritura habla del único Dios (“una Sustancia”) como “Él,” no como “ello” o “Ellos”; y a menos que las tres Personas estén haciendo referencia los unos de los otros, Dios dice “Yo,” no “Nosotros.” Claramente, nuestras fórmulas – tan cruciales como son – no agotan el misterio de la Divinidad.

 

Implicaciones y Aplicaciones

La naturaleza exacta de la Trinidad se halla más allá de la razón humana. Esto debiese ser claro. Sin embargo, confesamos la doctrina como verdad porque Dios mismo la ha revelado en la Escritura. De esto, y de manera más general, de la doctrina misma podemos sacar algunas lecciones importantes.

Primero, está claro que no necesitamos entender exhaustivamente una cosa para entenderla verdaderamente. Dios se conoce a Sí mismo y al mundo de manera exhaustiva, y Él nos dice cosas verdaderas acerca de ambas cosas en la Sagrada Escritura. De esa manera nos capacita para edificar nuestro conocimiento del mundo sobre el seguro fundamento de Su propia omnisciencia. Podemos hablar con significado de Dios y del universo sin tener nosotros mismos que saberlo todo con respecto a ellos.

Segundo, podemos esperar que el misterio que envuelve a la doctrina de la Trinidad aparezca en toda discusión del Ser y las obras de Dios. La razón humana no puede escalar la infinidad y medir la eternidad. La razón debe tropezar cuando se pone como meta el entendimiento completo de la Deidad, pero servirá bien cuando humildemente recibe las declaraciones de la Escritura como verdad. Debemos confesar que creemos muchas cosas extensas y profundas, no porque podemos arreglarlas todas juntas, sino simplemente “porque la Biblia así nos lo dice.”

Tercero, tenemos en la Trinidad un patrón para la vida comunal que Dios tiene como propósito para Su pueblo. Pues somos miembros de un solo cuerpo (1 Cor. 12) y somos llamados, en toda nuestra diversidad, al amor, al compañerismo y al servicio mutuos dentro del marco de la ley pactal. No somos como las abejas zánganos absorbidos en una colmena ni estrellas errantes perdidas en el vacío. Nuestras vidas y dones son significativos precisamente porque pertenecemos a algo – a Alguien – más grande que nosotros mismos.

La iglesia, como la Trinidad, es Una y Muchos, y mantenemos el balance entre los dos polos por la obediencia fiel a toda la palabra de Dios. La Escritura nos da libertad dentro de la forma, libertad bajo la ley, amor sin egoísmo.

Cuarto, podemos también comenzar a contestar el problema del Uno y los Muchos en su forma más general. La doctrina Bíblica de la Trinidad implica la igual condición de último del Uno y los Muchos tanto en Dios como en Su creación. Dios es Uno; Dios es Tres. En Dios la unidad y la diversidad son igualmente reales y últimas. Lo mismo es cierto en el mundo que Él ha hecho. Unidad y diversidad, forma y libertad, el grupo y el individuo, la constancia y el cambio, significado total y hecho individual, todos por igual tienen su lugar en el orden de Dios. Dios ordena los años cíclicos y las repetitivas estaciones. Él crea a la célula y al cuerpo, al organismo y al ecosistema. Él ordena la aún mayor unidad en diversidad de la familia, la comunidad y la iglesia. Nos da una diversidad fantástica y una individualidad sorprendente en el contexto del significado total. No somos dejados en el estancamiento panteísta o en el hecho aislado. Nuestras opciones no son la tiranía o la anarquía (o una mezcla dialéctica – un poco de tiranía con un poco de anarquía). El Cristianismo Trinitario nos provee de verdadero significado para todos los pormenores y verdadera libertad bajo la ley pactal de Dios.

 

Conclusión

En el capítulo final de Perelandra, C. S. Lewis habla de la creación, dirigida por la Providencia prevaleciente, como “La Gran Danza.” La metáfora es adecuada. En un salón de baile o en una danza popular, cada participante es responsable de su propio rol. No puede ver el todo, mucho menos moldear el todo. Pero a medida que realiza bien su parte de la danza, mientras se somete a las reglas de la danza, ayuda a crear una cosa de extraordinaria complejidad y de gran belleza. Así es el universo, y así es la iglesia. Pero la raíz de todo esto yace en la vida interior del Dios Trino. El Credo Atanasiano – y en verdad cualquier declaración de fe Trinitaria – puede parecer intrincado, repetitivo y muy elaborado, pero la Fe que tales declaraciones delinean es el mismo fundamento de la comunión, la libertad, la belleza y el gozo.

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Greg Uttinger enseña teología, historia y literatura en la Escuela Cristiana de Cornerstone en Roseville, California. Vive cerca del Condado de Sacramento con su esposa Kate y sus tres hijos. Puede ser contactado en paul_ryland@hotmail.com


[i] Schaff, habiendo expresado su propia insatisfacción con estas cláusulas, registra las quejas más audaces de otros escritores. Véase Philip Schaff, Los Credos de la Cristiandad, vol. I (Grand Rapids: Baker Book House, 1990 reimpresión), 40n.

[ii] Véase la discusión entre el joven y el teólogo en la obra El Gran Divorcio de C. S. Lewis (New York:Macmillan Publishing Company, 1946), 39ss.

[iii] Rousas J. Rushdoony, Fundamentos del Orden Social (N. p.: Presbyterian and Reformed Publishing Company, 1968), 94.

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