Credo Niceno

2327522623_8308b31a13_bEl Credo Niceno, la segunda confesión de los tres credos ecuménicos, es denominado con más propiedad el Credo Niceno – Constantinopolitano. El último término fue usado por primera vez en el siglo XVII a fin de fijar la fecha clave en el desarrollo del credo. El texto que tenemos ahora es una revisión hecha en el Concilio de Constantinopla (AD 381). Confiesa a un Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, protegiendo la divinidad del Hijo, Jesucristo, refiriéndose a la controversia cristológica entre los teólogos ortodoxos y heréticos Arriana. La relación entre el Padre y el Hijo dentro de la Trinidad es dejada dentro del cuadro de la economía de salvación, confesando que Jesucristo es el verdadero Hijo del Padre, no una nueva creación. 

El original del Credo, el Credo Griego comienza con “Creemos,” reflejando el concepto del concilio, pero más tarde fue cambio en la traducción Latina a “Creo,” reflejando el uso litúrgico. 

En el cuarto siglo, la iglesia vivió un importante cambio debido a la nueva relación con el Imperio Romano y una inevitable confrontación con la cultura helénica, en especial su filosofía. Mientras que la Iglesia estuvo libre de persecuciones después de que Constantino implantó el Cristianismo como religión imperial, luchó por la integridad de la fe en oposición a esfuerzos para distorsionar su naturaleza. Los Arrianos, por ejemplo, negaban la completa divinidad del Hijo, Jesucristo, insistiendo en su teoría propia de la Subordinación – el Hijo, Jesucristo, está subordinado al Padre. Respondiendo al Arrianismo, Atanasio y otros teólogos ortodoxos veían que se amenazaba la esencia de la fe Cristiana y defendieron la verdad que el Hijo debe ser de “una sustancia con el Padre.” 

En 325 Constantino convocó al primer concilio ecuménico a Nicea para formular el credo de la fe Cristiana. El concilio formuló y publicó su documento. El Concilio de Constantinopla (381) encontró en el Credo Niceno un modelo ortodoxo y lo confirmó como credo con ciertos agregados. Calcedonia revalido ambas decisiones en 451. 

El Credo Niceno sigue el bosquejo básico del así llamada Antigua Confesión Romana que nos es familiar como el Credo Apostólico. Adaptando un credo bautismal, similar a uno presentado por Eusebio de Cesárea, o a un credo de Jerusalén (según Kolb y Wengert), el Concilio de Nicea agregó algunas frases anti – Arrianas, tales como “engendrado, no hecho” y el así llamado homoousios (“siendo de una sustancia con el Padre”), porque los arrianos negaban que el Hijo fuera eterno. El interés principal del concilio era proteger la divinidad del Hijo, Jesucristo, esto se evidenció por una serie de estas afirmaciones adicionales. 

En 381, el Concilio de Constantinopla amplió el Tercer Artículo, confesando que el Espíritu Santo debe ser adorado y glorificado junto con el Padre y el Hijo. 

Con relación a la procedencia del Espíritu Santo, el así llamado filioque (“y del Hijo”) fue agregado más tarde por la iglesia occidental al Tercer Artículo en oposición a la continua influencia del Arrianismo. Este agregado disparó la controversia Trinitaria entre la teología de Occidente y Oriente. Mientras que la primera insistía que el agregado reflejaba claramente la verdadera unidad de la Trinidad, la última insistía en su omisión. La controversia produjo el Gran Cisma en el siglo XI. 

El Credo Niceno es un punto más alto en la confrontación entre la fe Cristiana y la filosofía Helenística. Superó una Helenización que hubiera podido distorsionar al Cristianismo. Detrás de cualquier formulación del dogma Cristiano hay influencias de ideas contemporáneas y condiciones históricas. Debemos ver a través de las tradiciones la verdad que subyace. El Credo Niceno es importante hoy porque establece la divinidad del Hijo, Jesucristo, en lugar de reconocerlo simplemente como una figura histórica, un gran profeta, o un líder carismático, como lo ven los humanistas. El es el singular Salvador porque es verdadero Dios y verdadero hombre. 

El credo Niceno proclama que Jesucristo es un ser con el Padre. Creemos en un solo Dios. El solo Dios nos habla en Jesucristo. Dios se dio a conocer a través de la divina Palabra, Jesucristo, una vez para siempre, y de un modo que nunca será superado. Aceptado hoy como la esencia de la fe Cristiana, el Credo Niceno proclama la unidad del Dios Trino y la confiable singularidad del Salvador. 

 

EL  SÍMBOLO DEL CONCILIO DE NICEA

(Símbolo Niceno – Constantinopolitano) 

Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. 

Creemos en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo Se encarnó de María, Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa file crucificado en tiempos de Poncio Pilato: padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. 

Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. 

Creemos en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Reconocemos un solo Bautismo para el perdón de los pecados. Esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

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