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Mortificación del Pecado por John Owen

Mortificar el pecado

La palabra mortificar ha sido traducida al español como “matar”, “hacer morir” y “amortiguar”. La palabra es usada en distintas formas en el español, por ejemplo, a veces significa: Negarse a gratificar (cumplir) un deseo. En su uso simbólico significa molestar, fastidiar o amargar la vida. En su uso bíblico, esta palabra significa: Quitar la fuerza, la vitalidad y el poder de algo a fin de que muera. La palabra incluye la idea de debilitar por falta de alimento o hacer morir de hambre; o privar de la comida o alimento. Esta es la idea que vemos en Romanos 13: 14 que dice: “no proveáis para los deseos de la carne”, en la Versión actualizada se traduce como: “No hagáis provisión para satisfacer los malos deseos de la carne”, En otras palabras, debemos acabar con cualquier cosa en nuestras vidas que sirva como “comida” para alimentar la naturaleza pecaminosa. No debemos proporcionarle ninguna cosa que le fortalezca o que le ayude a tener fuerza, poder y vitalidad.

PECADO En el Nuevo Testamento la mortificación del pecado se describe en términos de una crucifixión. (Romanos 6:6; Gálatas 2:20, 5:24 y 6: 14). La figura es la de una muerte lenta, gradual y dolorosa provocada por la privación. También la mortificación es descrita en términos de violencia, la idea es de hacer “violencia santa” contra el enemigo de nuestras almas. Las palabras de Cristo en Marcos 9:43-47 “córtalo” y “sácalo” corroboran esta idea. También las palabras de Pablo en I Corintios 9:26-27, “pongo mi cuerpo bajo disciplina y lo hago obedecer” nos hablan no de violencia física sino espiritual en contra del pecado. Además, las palabras en I Pedro 2:11 también nos hablan de violencia espiritual: ”Amados, yo os ruego como á extranjeros y peregrinos, os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma”. El pecado lucha y pelea para preservar su propia vida. La frase “violencia espiritual” es muy apropiada porque no es fácil matar a un enemigo que lucha y se encuentra en peligro. “Todos aquellos que piensan acabar con el pecado con unos cuantos ‘golpes ligeros’ se equivocan, porque fracasarán y terminarán siendo muertos por este enemigo.”

La regeneración asegura que los creyentes no pueden continuar viviendo bajo el control del pecado, pero no significa la  aniquilación o la destrucción de las raíces del pecado en su corazón. La regeneración no aniquila ningún pecado sino que más bien produce un cambio en nuestra relación con todo pecado. El apóstol Pablo es un ejemplo de esta realidad. Vemos en su vida que algunos pecados fueron mortificados en el momento de su nacimiento nuevo (por ejemplo, su odio hacia los gentiles y cristianos). Otros pecados fueron debilitados por la regeneración (Romanos 7:15-25) y algunos permanecieron con mucha fortaleza (II Corintios 12:7-10 su lucha continua contra el orgullo)

Aunque la muerte del creyente al pecado fue comprada y asegurada por la muerte de Cristo en su lugar (Romanos 6:2), sin embargo, la mortificación del pecado sigue siendo todavía el deber cotidiano del creyente. Aunque hemos recibido la promesa de una victoria completa cuando fuimos convertidos al principio, (a través de la convicción de pecado, humillación por pecado y la implantación de un nuevo principio de vida que es opuesto y destructivo para el pecado) el pecado permanece en el creyente. El pecado es activo en todos los creyentes, aún en los mejores creyentes mientras que vivan en este mundo. Por lo tanto, la mortificación continua, día tras día, es esencial a lo largo de toda su vida.

El mal de no tomar en serio el pecado

Una persona puede hablar acerca del pecado y decir que es algo muy malo; no obstante, si esa persona no mortifica diariamente su propio pecado, quiere decir que no lo está tomando en serio. La causa principal de la falta de mortificación del pecado es que el pecado sigue adelante sin que la persona se percate de ello.

Alguien que sostiene la idea de que la gracia y la misericordia divinas le permiten pasar por alto sus pecados cotidianos, está muy cerca de convertir la gracia de Dios en un pretexto para pecar, y de ser endurecido por el engaño del pecado. No hay una evidencia más grande de un corazón falso y podrido que esto. Lector, tenga cuidado de tal rebelión. Esto solamente puede conducirle al debilitamiento de su fortaleza espiritual, si no es que a algo peor: la apostasía y el infierno. La sangre de Cristo es para purificarnos (I Juan 1:7; Tito 2: 14), no para consolarnos en una vida de pecado. La exaltación de Cristo debería conducirnos al arrepentimiento (Hechos 5:31) y la gracia de Dios debe enseñarnos a decir no a la impiedad (Tito 2:11-12).

La Biblia habla de personas que abandonan la iglesia porque nunca pertenecieron realmente a ella (I Juan 2:19). La forma en que esto ocurre a muchas de estas personas es más o menos como sigue: Ellas estaban bajo convicción por algún tiempo y esto les condujo a hacer ciertas obras y a profesar la fe en Cristo. Ellos se apartaron de las contaminaciones del mundo por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo (II Pedro 2:20). Pero, después de que conocieron el evangelio se cansaron de sus deberes espirituales. Puesto que sus corazones nunca habían sido realmente cambiados, ellos se permitieron a sí mismos, descuidar varios aspectos de la enseñanza bíblica acerca de la gracia. Una vez que este mal hubo atrapado sus corazones, fue solamente cuestión de tiempo hasta que se hundieron en el camino que conduce al infierno. (Es decir, se convirtieron en apóstatas.)

Una influencia que endurece a otros

Una persona que no mortifica en sí misma el pecado no puede ser preservada de caer abiertamente en la apostasía, y no obstante al mismo tiempo ejerce una influencia doble sobre otras personas: 

Cuando los inconversos pueden ver tan poca diferencia entre sus propias vidas y la de una persona que profesa el cristianismo pero que no mortifica sus pecados, entonces no ven ninguna necesidad de ser convertidos. Ellos observan el celo religioso de dicha persona, pero también observan su impaciencia con aquellos con quienes no está de acuerdo. Ellos observan sus muchas inconsistencias. Ellos ven que en algunas cosas se separa del mundo, pero se fijan más en su egoísmo y su falta de esfuerzo para ayudar a otros. Ellos escuchan su conversación espiritual y sus reclamos de tener comunión con Dios; pero todo es contradicho por su conformidad a los caminos del mundo. Ellos escuchan su jactancia de que sus pecados han sido perdonados, pero también se fijan en su falla de no perdonar a otros. Entonces, observando la pobre calidad de vida de tal persona, se endurecen en sus corazones contra el cristianismo y concluyen que sus vidas son tan buenas como las de cualquier “creyente”.

Por otro lado, otros pueden tomar a tal persona como un ejemplo de un cristiano y asumir que, debido a que pueden imitar su ejemplo o mejorarlo, por lo tanto ellos también podrían considerarse como cristianos. En esta forma tales personas son engañadas y piensan que son cristianos cuando en realidad no poseen la vida eterna.

 

Apartes tomados del libro LA MORTIFICACIÓN DEL PECADO del puritano JOHN OWEN


Convicción de Pecado

morir al pecado“¿Qué es la convicción de pecado? No es un espíritu opresivo de incertidumbre o sentimientos de culpa paralizantes. La convicción de pecado es la lanceta del Cirujano divino penetrando el alma infectada, aliviando la presión, permitiendo que la infección salga. La convicción de pecado es una herida que promueve la salud. La convicción de pecado es una bondad del Espíritu Santo que nos confronta con la luz que no queremos ver, la verdad que tenemos temor de admitir y la culpa que preferimos ignorar. La convicción de pecado es el severo amor de Dios venciendo nuestra deshonestidad compulsiva, nuestra ceguera voluntaria, nuestras excusas favoritas. La convicción de pecado es la violenta dulzura de Dios oponiéndose a los pecados que se encuentran cómodamente tranquilos en nuestras vidas. La convicción de pecado es la misericordia de Dios declarando la guerra a la falsa paz que hemos aceptado. La convicción de pecado es nuestro escape del malestar al gozo, de asistir a la iglesia a la adoración, de la pretensión a la autenticidad. La convicción de pecado, con el perdón de Jesús siendo derramado sobre nuestras heridas, es vida.”

Raymond Ortlund (Isaiah: God Saves Sinners, pp. 25-26)


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